Fiesta de La Sagrada Familia de Nazareth (2012)


Vamos a partir de un hecho concreto: vivimos en una sociedad en la que muchas las personas no conocen la felicidad ni la alegría de la amistad. No se debe a que carezcan de amigos o amigas. Lo que sucede es que no saben vivir amistosamente. Todos conocemos hombres y mujeres que sólo buscan su propio interés y bienestar. Jamás han pensado hacer con su vida algo que merezca la pena para los demás, se dedican a «sentirse bien». Todo lo demás resulta para ellos una pérdida de tiempo. A la sexualidad sin compromiso le llaman «amor», a la relación interesada, «amistad», pero en realidad viven sin comprometerse a fondo con nadie, atrapados por un individualismo atroz. En todo momento buscan lo que les apetece. No conocen otros ideales. Nada es bueno ni malo, todo depende de si sirve o no a los propios  intereses. No hay más convicciones ni fidelidades. En estas vidas puede haber bienestar, pero no dicha. Estas personas pueden conocer el placer, pero no la alegría interior. Pueden experimentarlo absolutamente todo menos la apertura amistosa hacia los demás. Sólo saben vivir alrededor de sí mismos. Para ser más humanos necesitarían aprender a vivir  amistosamente.

La verdadera amistad significa relación desinteresada, afecto, atención al otro, dedicación. Al afecto y la atención al otro se une la fidelidad. Uno puede confiar en el amigo, pues el verdadero amigo sigue siéndolo incluso en la desgracia y en la culpa. El amigo ofrece seguridad y acogida. Vive haciendo más humana y llevadera la vida de los demás. Es  precisamente así como se siente a gusto con los otros.

Alguien ha dicho recientemente que una de las tareas pendientes del hombre moderno es aprender esta amistad, purificada de falsos romanticismos y tejida de cuidado, atención y servicio afectuoso al otro. Una amistad que debería estar en la raíz de la convivencia familiar y de la pareja, y que debería dar contenido más humano a todas las relaciones sociales.

Celebramos hoy la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente poco sabemos  de la vida familiar de María, José y Jesús, apenas lo poco que nos cuentan los evangelios. En aquel hogar convivieron Jesús, el hombre en el que se encarnaba la amistad de Dios a todo ser humano, y María y José, aquellos esposos que supieron acogerlo como hijo con fe y amor. Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una vida familiar enraizada en el amor y la amistad[1].

Casi al final del evangelio escucharemos una frase que nos puede ayudar mucho: María conservaba todo esto en su corazón.

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Decía Charles Peguy que «hay algo peor que  tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y materialismo apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».

Estamos acostumbrados a escuchar que Dios nació en un portal de Belén. Ya no  nos sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como niño. Lo dice A. Saint-Exupery en el prólogo El Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una  mirada de niño[2].

Pero ésa es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño. Y lo mejor de todo: que nos ofrece su amistad. Éste es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirse confiados a la gracia y el perdón. Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la  posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. No se ve bien sino con el  corazón. Lo esencial es invisible a los ojos[3].

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no avejenta sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino  ilumina; que no teme sino que ama ■


[1] J. A. Pagola, Sin perder la dirección, Escuchando a San Lucas. Ciclo C, San Sebastián 1994, p. 19 ss.
[2] El Principito (en francés: Le Petit Prince), publicado el 6 de abril de 1943, es el relato corto más conocido del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. Lo escribió mientras se hospedaba en un hotel en Nueva York, y fue publicado por primera vez en los Estados Unidos. Ha sido traducido a ciento ochenta lenguas y dialectos, convirtiéndose en una de las obras más reconocidas de la literatura universal. Se considera un libro infantil por la forma en la que está escrito y por la historia en un principio simple, pero en realidad el libro es una metáfora en el que se tratan temas tan profundos como el sentido de la vida, la amistad y el amor.
[3] El Principito XXI. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris