XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Llevamos tres domingos escuchando la carta a Hebreos en la segunda de las lecturas, un texto importante porque nos ayuda a descubrir el sentido de la muerte y resurrección de Jesucristo, relacionándolo con lo que había sucedido en el Antiguo Testamento[1]. Aquel sacerdocio, aquellos sacrificios en la sangre de los corderos eran figura –es decir, anuncio- del único sacerdote, del único sacrificio, ofrecido una vez para siempre. La muerte de Jesucristo, más allá de las motivaciones humanas que la desencadenó, es un verdadero sacrificio ofrecido a Dios Padre. En el evangelio escuchamos que Él ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos y, antes, Isaías termina diciendo que Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

No podemos caer en la simplificación de pensar que el cristianismo es una moral o un conjunto de normas de comportamiento dictadas por un personaje iluminado que han dictado sus consejos a unos discípulos. Nuestra adhesión al Señor no es únicamente a sus palabras. Es a su persona. Es aceptar, por la fe, su condición divina y, por tanto, el valor infinito de su sacrificio en remisión de nuestros pecados.

Una vez que aceptamos la salvación que nos da, nos unimos a Él –por el bautismo- formando un solo cuerpo. Su vida divina, como la savia de la vid, circula en nosotros, los sarmientos. Esta vida se irá alimentando con la Eucaristía, los otros sacramentos y la vida de oración. Configurados con Cristo, es lógico y normal que nuestra acción sea una imitación de su vida. De aquí saldrán unos modelos de comportamiento. Pero no brotarán únicamente de unos consejos, de unas palabras muy bien dichas. Tendrán como trasfondo la trayectoria del mismo Cristo, que primero hacía y practicaba todo lo que después enseñaba.

Uno de los aspectos en el que la identidad entre lo que hace y enseña Jesucristo está más claro es, precisamente, el espíritu de servicio. Jesús rechazaba el modelo de los que figuran como jefes y disponen de los súbditos como si fueran sus esclavos. El, lo afirma claramente -y lo practicaba-, no ha venido para que le sirvan, sino para servir.

San Juan que en su evangelio, después de la multiplicación de los panes espacio para dar una extraordinaria catequesis sobre la eucaristía (recordemos los cinco domingos que le dedicamos este verano), al llegar a la última cena, no pone –como los otros evangelistas-, el momento de la institución de la eucaristía y, en cambio, nos describe la escena del lavatorio de pies. ¿No es un mensaje equivalente? De hecho, Jesús, en la Eucaristía, condensa todo lo que ha hecho y ha predicado, toda su vida y el significado de su muerte: entregarse a los demás. Mi cuerpo entregado... mi sangre, derramada. Al añadir después: Haced esto en conmemoración mía, ¿significa únicamente "reúnanse para celebrar la misa"? ¿No querrá decir también "entreguen su cuerpo, su sangre", es decir, "entréguense a los demás"?

En este caso, la Eucaristía no sería únicamente un acto de culto que nos une a Cristo con cierta periodicidad, sino una invitación a que toda nuestra vida fuera, siempre en todas partes, una imitación de la vida del Señor[2].

Hoy pide la Iglesia ayuda para esos miles de misioneros y misioneras que ha hecho de su vida un servicio a los demás. Hombres y mujeres que olvidados de sí mismos han dejado patria y familia, cultura y lengua, su acostumbrada, de comer, de dormir, todo para llevar a sus hermanos el hecho de que un Dios dio por ellos su cuerpo, su sangre su vida en acto de servicio. Seamos como un vagón de tren casando y envejecido de tanto viaje, y que abandonado en vía muerta es capaz de dar cobijo a alguien que huye del hambre y de la guerra, y que lo hace feliz.

Que san Francisco Javier, patrón de las misiones, interceda por nosotros delante del trono de Dios y pida para nosotros corazones generosos y acogedores ■


[1] Se desconoce su verdadero autor. Tampoco puede ser datada con precisión, aunque existe consenso en que fue escrita entre los años 60 y 90 del siglo I. Como los otros libros del Nuevo Testamento, está escrita en griego. Su texto es de una gran densidad teológica y su estilo es solemne, casi litúrgico. El autor parece tener un dominio excepcional del Antiguo Testamento, que cita frecuentemente, acudiendo a la versión griega de la Biblia de los Setenta (Biblia Septuaginta).
[2] A. Taulé, Misa Dominical 1988, n. 20. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris