XX Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Los sacramentos han ido adquiriendo a lo largo de los siglos un carácter [¿cómo decirlo sin que los más ortodoxos arqueen la ceja o se remuevan en la silla?] más y más ritualizado, hasta el punto de que a veces, llegamos a olvidar el gesto humano que está en sus raíces y de donde arranca su fuerza significadora. Los cristianos llamamos a la Eucaristía al recuerdo vivo –anamnesis[1]- de la cena del Señor, y es así que hablamos de la mesa del altar, los manteles ¡la liturgia! pero, ¿en dónde queda ese gesto humano básico de comer juntos en la experiencia ordinaria de nuestras misas? La Eucaristía hunde sus raíces en una de las experiencias más primarias y fundamentales del hombre que es el comer. El hombre necesita alimentarse para poder subsistir. No nos bastamos a nosotros mismos. La vida nos llega desde el exterior, desde el cosmos, desde Dios creador y providente.

Esta experiencia de indigencia profunda y dependencia radical nos invita a alimentar nuestra existencia en el Dios creador. Ese Dios amigo de la vida, que se nos revela en la persona de Cristo resucitado como salvador definitivo de la muerte.

Humanos, no comemos sólo para nutrir nuestro organismo con nuevas energías. Hay algo más. Estamos hechos para comer-con-otros. Comer significa sentarnos a la mesa con otros, compartir, fraternizar. La comida de los seres humanos es comensalidad, encuentro, fraternización. Pero, además, la comida humana, cuando es banquete, encierra una dimensión honda de fiesta y ocupa un lugar central en los momentos festivos más importantes. ¿Cómo celebrar un nacimiento, un matrimonio, un encuentro, una reconciliación, si no es en torno a una mesa?

Xavier Basurko se pregunta si no han perdido nuestras eucaristías esa triple dimensión de alimento, fraternidad y fiesta que, sin embargo, tienen arraigo tan hondo en nuestro pueblo. Y yo me pregunto lo mismo.

Una celebración digna de la Eucaristía nos invita y en cierta manea obliga a preguntarnos (1) de dónde estamos alimentando nuestra existencia, (2) cómo estamos compartiendo nuestra vida con los demás hombres y mujeres de la tierra, y (3) cómo vamos nutriendo nuestra esperanza y nuestro anhelo de la Fiesta final[2], así con mayúscula.

Y es que cuando uno vive alimentando su hambre de felicidad de todo menos de Dios, cuando uno disfruta egoístamente distanciado de los que viven en la indigencia, cuando uno arrastra su vida sin alimentar el deseo de una fiesta final para todos los hombres, no puede celebrar dignamente la Eucaristía, y mucho menos comprender las palabras del Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna


[1] Anamnesis (del griego αναμνησις, anámnesis = traer a la memoria) significa 'recolección', 'reminiscencia', 'rememoración'. La anamnesis en general apunta a traer al presente los hechos del pasado,
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 219 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris