XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Para san Pablo, el hombre que se ha encontrado con Cristo es un hombre nuevo. Esta afirmación, en él, era una auténtica realidad. De aquel fanático y turbulento no quedó nada; del silencio y del retiro que siguió al encuentro con el Señor[1] surgió otro hombre nuevo rumbo cambió definitivamente. Para aquel fariseo e hijo de fariseos[2] ahora cristiano, casi nada tenía importancia; su jerarquía de valores se había re-acomodado profundamente, y por eso es que se atreve a decir a los suyos que después de encontrarse con Cristo uno no puede ir por la vida con la vaciedad de criterios que tienen los gentiles que no conocían a Jesús.

Hoy vivimos rodeados de gentiles e inmersos en un mundo que no quiere conocer a Jesucristo y entonces la consecuencia es inmediata: la vaciedad de criterios se impone y hombres y mujeres se mueven por criterios que no soportan el mínimo contraste: gozar y rápidamente, eso lo que importa por encima de todo, por eso interesa tener dinero, poder, influencia, categoría, belleza; placer inmediato e intenso. Hoy por hoy el ser ha sido desplazado por el tener. Hoy, quien tiene más dinero –y sólo por este hecho- es más importante que el que no lo tiene. Los hombres y mujeres que han alcanzado el máximo de todas estas cosas son los que aparecen como paradigmas de la sociedad y son incluso los que marcan pautas de comportamientos.

¡Qué actual es la carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso!  ¿Cómo es que hemos creado un mundo y una sociedad donde los más jóvenes se han vuelto incapaces de encontrar en su vida un contenido transcendente? San Pablo nos presenta éste domingo en una lectura que no es sencilla y que requiere de varias leídas atentas el cristiano auténtico, el hombre que se ha dejado penetrar del Espíritu y ha renovado su mentalidad; el del hombre que, como él, se ha encontrado en el camino de la vida con Jesucristo y ha sacado de ese encuentro una fuerza misteriosa.

En uno de ésos debates que se dan en los muros del Facebook, uno que profesaba de ateo preguntaba el otro día en qué se diferenciaba en la práctica un hombre con fe de uno que no la tenía. La respuesta de un buen amigo fue estupenda y la comparto aquí: «Para el cristiano –decía- el mundo es un lugar de encuentro con los hombres –con todos- para intentar descubrir el gran secreto del Reino de Dios; para el cristiano la vida no es para gastarla en sexo, alcohol, drogas, poder, política (!) riqueza sino para vivirla serena y profundamente en la alegría de la entrega a los otros hombres por cuyos problemas se tiene el máximo interés; para vivirla encontrando en la familia el sitio ideal del desarrollo y de enriquecimiento mutuo; para vivirla apurando al máximo la dignidad profesional cualquiera que sea la que se ejerza»[3].

Sin embargo lo que debería preocuparnos es que, después de veinte siglos de cristianismo alguien pueda preguntar –con toda razón- en qué se diferencia prácticamente y diariamente un hombre cristiano de otro que no lo es. La pregunta, y lo que tras de ella se esconde, nos debería hacer reflexionar seriamente y sacar las consecuencias que se deducen de ella.

Una de esas consecuencias, la fundamental sin duda, es que somos cristianos de nombre pero que o bien no nos hemos encontrado con Cristo o si lo hemos encontrado no hemos permitido que transforme nuestra mentalidad, no se ha dado ésa metanoia, por decirlo con una palabra tan querida por los Padres de la Iglesia[4].

¿Qué es ser cristiano entonces? Es confiar en que la mejor forma de resolver el enigma de la vida es Jesucristo. Y esta confianza nos impulsa a hacer y trabajar en el mundo, sin escapar del mundo. No despreciamos ninguno de los valores de nuestra cultura, ninguno de los adelantos de un mundo técnico y científico. Pero, como cristianos, no aceptamos ser aplastados por ese mundo. Creemos en Cristo que el hombre sigue siendo lo más importante, y que una cultura vale por los hombres que tenga, por los hombres nuevos que sea capaz de engendrar. Jesús es el gran invento de Dios. Es el signo de su amor. Es la fuente de la vida. Por aquí camina nuestra fe ■


[1] Cfr Hechos 7:58-8:1; 9:1-19; 22:1-21; 26:1-23; Gálatas 1:13-24.
[2] Cfr Hech 23,6
[3] DABAR 1985, 40.
[4] Metanoia (del griego μετανοῖεν, metanoien, cambiar de opinión, arrepentirse, o de meta, más allá y nous, de la mente) es un enunciado retórico utilizado para retractarse de alguna afirmación realizada, y corregirla para comentarla de mejor manera. Su significado literal del griego denota una situación en que en un trayecto ha tenido que volverse del camino en que se andaba y tomar otra dirección. Esta palabra también es usada en teología cristiana asociando su significado al arrepentimiento, sin embargo y a pesar de la connotación que a veces ha tomado no denota en sí mismo culpa o remordimiento, sino la transformación o conversión entendida como un movimiento interior que surge en toda persona que se encuentra insatisfecha consigo misma. En tiempos de los primeros cristianos se decía del que encontraba a Cristo que había experimentado una profunda metanoia. La metanoia también es denominada por la religión católica, como una transformación profunda de corazón y mente a manera positiva. Hay teólogos que sugieren que la metanoia es un examen de toda actividad vital y una transformación de la manera como se ven y aceptan los hombres y las cosas. (Guardini, 1982:139)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris