XVI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Acabamos de escuchar en el evangelio que el Señor se preocupa por el descanso de los apóstoles. El descanso no es un lujo, no es capricho: es una necesidad del hombre. No es tampoco una invención moderna: en la historia del pueblo judío y de otros pueblos antiguos encontramos una preocupación social por conseguir un descanso para todos. Son las (modernas) civilizaciones las que imaginan que el descanso sólo es un derecho de quien posee más dinero o poder. Que la lucha obrera haya conseguido reivindicar el derecho al  descanso, a las vacaciones coincide con lo que el pueblo judío a lo largo de todo el Antiguo Testamento creía voluntad  de Dios. Y lo que hemos de lamentar actualmente es que aún hay quienes no participan de  este derecho al descanso, que aún existan injustas diferencias entre el descanso de unos y  otros[1].

Este podría ser el primer punto de nuestra reflexión de hoy: según la Sagrada Escritura si Dios encomienda al hombre la responsabilidad de trabajar, también quiere para él el descanso, el reposo, la fiesta. Para que nunca el trabajo esclavice al hombre; para que éste  halle espacios para vivir más libremente, para reencontrarse con lo que es más fundamental  en su vida Dios llama a sus hijos a descansar.

En la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo decir a los cristianos de Éfeso que Jesucristo trajo la noticia de la paz. ¿No  podríamos decir que el tiempo de vacaciones está especialmente abierto a un encuentro  con esta buena noticia de paz para cada uno de nosotros? El tejido de nuestra vida normal, del trabajo y de las preocupaciones de cada día nos impide con frecuencia ir al fondo de la realidad de la vida. A menudo quedamos como aprisionados en esa maraña de ocupaciones y preocupaciones, de relaciones y necesidades, que constituyen el afán  cotidiano.

Por eso todos podríamos oír, como dirigidas de manera muy personal las palabras del Señor a sus apóstoles: Venid a descansar un poco.

El tiempo de vacaciones puede ser como un alejamiento (aunque sea  provisional) de la realidad cotidiana que nos aprisiona; un tiempo que nos de un poco más de libertad; un tiempo que nos ayude a mirar nuestra vida en perspectiva. Las vacaciones pueden ser el tiempo para encontrar ese silencio interior que nos ayude a descender a lo más profundo de nosotros mismos para ver y juzgar lo que hay: ¿Qué hago, qué soy, a dónde voy? ¿Hay  realmente verdad y amor en mi vida? ¿Qué calificación merecen mis relaciones con los demás?...

Y si el examen de conciencia es valiente quizá nos identifiquemos con lo que dice el evangelio: andaban como ovejas sin pastor. Quizá detrás del tejido de las ocupaciones cotidianas, encontraremos miedo, vacío, desconcierto, tristeza, desesperanza...¡Feliz el que tenga la valentía para emprender un camino de paz[2]!

Aquellos que andaban como ovejas sin pastor buscaban la Buena Noticia de Jesucristo. Por eso –dice también el evangelio- se puso a  enseñarles con calma. No hubiera sido esto posible sin aquel paso previo, no lo hubiera  podido hacer si ellos no le hubieran buscado.

Quizá, a muchos de nosotros, lo que nos falta es esto: reconocer esta pobreza interior, personal, y reconocer que no sabemos dónde  vamos, y entonces aceptar la Buena Noticia del Señor, hallar la necesaria calma  para escuchar sus palabras de paz, de amor, de verdad, de libertad, de justicia. De alegría y  de vida ■


[1] Se conoce como año sabático al período de doce meses consecutivos en que una persona se libera voluntariamente de sus actividades laborales o académicas con el fin de dedicarse a intereses personales como viajar, descansar, disfrutar de la familia o desarrollar una actividad personal. Su origen se remonta a siglos atrás, cuando los hebreos se tomaban el séptimo año de la cosecha para el descanso. El año sabático era una costumbre agrícola muy respetada y permitía dejar la tierra sin trabajar para su reposición (en barbecho) después de 6 años consecutivos de cosecha. La palabra hebrea šhabbat (שַׁבָּת) de donde deriva sabático, significa "el [día] de descanso", y se refiere al cese o descanso de trabajo. El nombre del día sábado también deriva de la misma palabra.
[2] J. Gomis, Misa Dominical 1988, n. 15. 
Ilustración: Aleko and Zemphira by Moonlight, study for a backdrop, for the ballet Aleko, watercolor by Marc Chagall, 1887-1985, Belarusian-French artist. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris