XV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Las lecturas de hoy nos transmiten una especie de descripción de la identidad del cristiano a partir de los rasgos fundamentales que caracterizan la misión apostólica. En los orígenes, cristiano era aquel que, seguidor de Jesucristo, tomaba un nuevo camino y se ponía en marcha para anunciar la Buena Noticia. Dejar lo antiguo (pecado, idolatría, judaísmo, etc.) para caminar con otros el Camino (sic) hacia el Reino de Dios era el rasgo fundamental. Hoy ¿es así? Este podría ser, pues, una especie de decálogo para el cristiano:

1. Se sabe elegido por Dios, escogido como fue escogido el pueblo Israel; tomado aparte como los profetas; señalado por Dios como instrumento suyo, sin embargo (un cristiano) no va por la vida poniéndose como ejemplo único de nada[1].

2. No se queda quieto ni instalado allí donde está. No permanece cómodamente donde siempre, a la espera de que vengan. Va siempre de camino, relacionándose con culturas diferentes y con las personas que le salen al paso. Con todos.

3. Resulta molesto. Con frecuencia el enviado lo es a pesar suyo. Y su mensaje a primera vista despierta curiosidad, pero pronto sacude a la gente de su letargo y acaba siendo incómodo. Interpela, porque denuncia, pide cambio y aporta novedad. Y encuentra resistencias. Por eso a los auténticos profetas se les da la espalda.

4. Es rechazado: Vete, profetiza en otras tierras. Con su mensaje encuentra corazones cerrados, resistencias al cambio exigido.

5. Es insistente. El apóstol de Jesucristo no se echa atrás fácilmente. Persevera en la misión recibida, a pesar de la dificultad. Siempre va hacia adelante.

6. Tiene autoridad, pero prestada, autoridad que nunca usa en beneficio propio.
7. Acoge y pierde su tiempo con la gente para quien nadie tiene tiempo e incluso rehúye. Recibe a cada cual como viene y hace algo para hacerlo más humano; usa no solamente buenas palabras –“Dios te bendiga”- sino que tiene siempre un gesto de liberación que levanta al desvalido.

8. Habla del evangelio con mucha frecuencia.

9. Camina con la sencillez del caminante que lleva lo justo, confiado en la Providencia del Padre que envía, pero también en el amor fraterno que acoge y comparte. Comparte lo que tiene cuando recibe al que  viene de parte de Dios con un mensaje de paz.

10. No tiene ni busca tener, pero recibe con sencillez y agradecimiento lo que le dan; sabe, además, que su recompensa no será aquí, sino allá[2]. Se deja ayudar y saber trabajar en equipo, y sobre nunca piensa que tiene –ni en su parroquia, ni en su grupito, ni en su movimiento- el monopolio de la salvación, entre otras cosas porque la salvación y las almas son de Dios.

Todo un programa de vida, qué duda cabe, programa que no hay por qué restringir a unos pocos. Todos y cada uno estamos invitados a salir y ponernos en camino ■



[1] «(…) obispos y papas ha habido muchos, pero Fundadores (…)» quien ha oído o leído esto, sabe de lo que hablo.
[2] J. Martínez, DABAR 1991, p. 36.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris