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Nuestra oración no debe consistir en actitudes de nuestro cuerpo: gritar, permanecer en silencio, o bien doblar las rodillas. Debemos más bien esperar con un corazón sobrio y vigilante que Dios venga y visite el alma… Toda el alma, sin dejarse desviar ni distraer por los pensamientos debe dedicarse a la súplica y al amor por el Señor, debe comprometerse con todas las fuerzas, recogerse, reunir todos sus pensamientos y consagrarse a la espera de Cristo. Él entonces la iluminará, le enseñará la verdadera súplica, le hará el don de una oración pura, espiritual, digna de Dios y de una adoración  en espíritu y en verdad… Dios nos enseña a orar en verdad. Así el Señor encontrará reposo en la buena voluntad del alma, hará de ella su trono de gloria, se asentará y descansará Macario el Grande. Homilía 33, 1-2. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris