Ven, Espíritu Divino, 
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, 
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas, 
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, 
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, 
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, 
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre 
si tú le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado 
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, 
sana el corazón del enfermo;
lava las manchas, 
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, 
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, 
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia, 
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse 
y danos tu gozo eterno 


Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris