Domingo de Pentecostés 2012


Es Domingo de Pentecostés; pensar en el Espíritu Santo es decirle ¡Ven!, y que Él se vuelva el gran invasor de nuestra vida y de nuestra espiritualidad. Él no tiene rostro pero todos sus nombres dicen que es invasión: fuego, agua, espíritu, respiración, viento. Desde que viene, actúa. La Sagrada Escritura está llena de Él, pero no habla de Él, sólo dice lo que hace. Él está en los comienzos: es el Espíritu de lo que ha de nacer y el Espíritu del primer paso. En pentecostés hizo que la Iglesia saliera a proclamar la redención, por eso hoy hay que gritarle ¡Ven!; y cuando se bloquea algo en nuestra vida personal o en la vida de la comunidad hay que gritar ¡Ven!

Después del fuego que deja, Él es la fuerza que nos impulsa a ir hacia delante; Él es la audacia para hablar, para insistir, para crear, para escribir, para dar testimonio ¡para defender a la Esposa de Cristo, la Iglesia![1]

Él es el huésped interior, el espíritu que sondea las profundidades y que sin Él quedarían sin explorar. Él es quien nos arranca de lo superficial, nos ayuda a acercarnos a los misterios de Dios y a no vivir con un espíritu lleno de frivolidad; Él nos hace llegar a las raíces de nuestra de; al lugar donde mana la fuente: Qué bien sé yo la fonte que mane y corre, aunque es de noche[2], en palabras de San Juan de la Cruz.

Él es quien nos impulsa hasta el fin: Él os guiará a la verdad completa[3], quien hace que podamos recorrer caminos sorprendentes.

El Señor nos dio y nos sigue dando su Espíritu, por eso hemos decir con más fuerza que nunca ¡Ven! ¿Por qué invocamos tan poco el Espíritu? ¿Por miedo a unos mundos extraños de iluminación, de carismas? ¿Por miedo a comprometernos? Si le decimos ¡Ven!, ¿hasta dónde me llevará? ¿Allá a donde debamos dar la cara por Él? Cuando os entreguen a los tribunales, no os preocupéis por lo que vais a decir; será el Espíritu de vuestro Padre quien hable por vuestro medio[4]. Decir ¡Ven! al Espíritu de Dios puede llevarnos muy lejos y muy hondo, pero merece la pena[5].

No hay dos evangelios ni dos Espíritus. La única verdadera devoción al Espíritu Santo es decirle ¡Ven!, no para una cita tranquila con Él –no es ése su estilo-, sino para dar el paso de amor y de coraje que la vida nos pide.

¿Y cómo saber que el Espíritu de Dios está presente? Es Rahner quien lo explica con palabras maravillosas: cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría, se viven sencillamente y se aceptan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dar lugar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo, cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador, se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar, cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar, cuando uno se entrega sin condiciones, cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie, cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil, cuando el hombre confía sus conocimientos y preguntas al misterio silencioso y salvador, más amado que todos nuestros conocimientos particulares convertidos en señores demasiado pequeños para nosotros, cuando ensayamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz… Allí está Dios y su gracia liberadora, allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos Espíritu Santo de Dios, allí se hace una experiencia que no se puede ignorar en la vida.

Esta es la mística de cada día, el buscar a Dios en todas las cosas. Aquí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia antigua[6].

El Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesión de María: Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra[7]


[1] "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado, son signo de este comienzo y crecimiento" (Lumen Gentium n. 3). "Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (Sacrosanctum Concilium n. 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz.
[2] San Juan de la Cruz, Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe (http://cvc.cervantes.es/obref/sanjuan/edicion/p_sanlucar/sanlucar_07.htm)
[3] Jn 16, 13
[4] Cfr. Mt 10, 19-20.
[5] A. Seve, El Evangelio de los domingos, Edit. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1984, p. 226
[6] Karl Rahner S.J. (Friburgo, Imperio Alemán, 5 de marzo de 1904 – Innsbruck, Austria, 30 de abril de 1984) fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX. Su teología influyó al Segundo Concilio Vaticano. Su obra Fundamentos de la fe cristiana (Grundkurs des Glaubens), escrita hacia el final de su vida, es su trabajo más desarrollado y sistemático, la mayor parte del cual fue publicado en forma de ensayos teológicos. Rahner había trabajado junto a Yves Congar, Henri de Lubac y Marie-Dominique Chenu, teólogos asociados a una escuela de pensamiento emergente denominada Nouvelle Théologie,
[7] SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI, Basílica de San Pedro, Domingo 31 de mayo de 2009. El texto completo puede leerse aquí: http://www.elgrandesconocido.es/documentos/homilias/pentecostes_2009_benedicto_XVI.pdf

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris