La muerte ha madurado de ternura
tu rostro, luz de Dios, semblante humano;
el paso por la Cruz ha embellecido
tus ojos, tus mejillas y tus labios.

Y ahí estás, Jesús, para mirarte,
del Padre y del Amor icono exacto;
mirarte es comunión y paraíso,
perdidos en tu faz, por ti mirados.

Tu imagen es presencia y sacramento,
el don total de Dios en ti donado:
tu frente es el reflejo del Espíritu,
tus ojos son el Padre remansado.

Con cuerpo de una Virgen tú naciste
y en ese cuerpo Dios está entrañado,
mas luego de tu muerte eres más cuerpo,
de Dios perdón purísimo retrato.

Tus ojos y los nuestros se han fundido,
oh Dios a quien miramos y adoramos,
oh dulce rostro, pasto del amor,
en esa tu mirada, Amado, báñanos.

¡Exhausto manantial, manante siempre,
oh rostro del secreto revelado,
deleite de pupilas, oh Jesús,
a ti el amor hermoso en nuestro canto! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap,
Jerusalén, 19 octubre 1986

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris