Señor mío y Dios mío! Te confieso,
poniendo el corazón sobre tus llagas:
del Padre bueno, Amor enamorado,
eres, Jesús, la alberca de llegada;
¡Señor mío y Dios mío!

Tus labios dan la paz: ¡Shalom, shalom!
y muestras el lugar de donde mana:
tus manos traspasadas, tu Costado,
el corazón de Dios que en ti nos ama:
¡Señor mío y Dios mío!

Y de tu aliento cálido y humano
el Ósculo de Dios impregna el alma;
la Iglesia a Dios alienta, a Dios respira,
tu Espíritu, el Espíritu de Pascua.
¡Señor mío y Dios mío!

Amor de Dios, amor Misericordia,
amor, primera y última palabra;
amor perdón, pureza de Evangelio,
amor de humanidad, que es tu programa:
¡Señor mío y Dios mío!

Rendida está a tus plantas cual Tomás
la Iglesia que recibe tu mirada,
y de tu pecho ardiente nacen rayos:
de sangre y agua, luz que le regalas:
¡Señor mío y Dios mío!

¡Señor mío y Dios mío!, te adoramos,
Oh Trono del amor y toda gracia,
Tú eres Dios de Dios, misericordia,
a ti eternamente la alabanza.
¡Señor mío y Dios mío! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris