Domingo de Pascua (I)


Este es el día que hizo el Señor[1], canta gozosa la Iglesia en la mañana de Pascua. Este es un día de triunfo, de gloria, de promesas cumplidas; es el día que hizo el Señor, es el día de los cristianos. No lo son el Jueves ni el Viernes Santos, días en los que Cristo dio la medida exacta de su talla gigantesca. No. El día que no necesita calificativos ni apellidos (como son ahora los hombres famosos a los que se les conoce sólo por el nombre e incluso por las iniciales) es el Domingo de Resurrección. Hoy.

Este día irrumpe sin que nada ni nadie pueda detenerlo en el horizonte de la vida cristiana para que, como decía San Pablo, no seamos los más miserables de los hombres ni sea vana nuestra fe. El sepulcro vacío, sin cadáver, es una llamada a la esperanza y a lo que debe ser el estilo de vida cristiano, un estilo de vida que tiene por norte un Hombre que ha resucitado, porque el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios que quiere que los hombres sean felices y gocen y rían; un Dios que quiere que los hombres sean hombres de verdad, capaces de comprender al hombre, de compartir con él la alegría y el dolor, la escasez y la abundancia, los proyectos y las decepciones; un Dios que quiere que vivamos en una espléndida libertad porque El murió y vivió precisamente para que seamos libres, con una libertad como nada ni nadie puede darnos, porque está apoyada en la verdad. Lo dijo El en su vida pública con toda rotundidad.

Es inconcebible cómo teniendo este día como quicio en el que se apoya nuestra fe, y por consiguiente nuestra vida, hayamos dado al mundo, en tantas ocasiones, el espectáculo de un cristianismo duro, aburrido, intolerante y hasta cruel.

Hoy es un día de buenas noticias y el mundo está necesitando sin duda de noticias favorables, noticias que le descubran lo mucho que hay en el hombre de bueno si es capaz de vivir, como dice hoy San Pablo buscando las cosas del cielo y no las de la tierra. Naturalmente que lo dice para aquéllos que, creyendo en la resurrección, se sienten ya resucitados con Cristo. Esta postura de Pablo, que la hizo vida de su vida, supone un estilo que apenas tiene nada que ver con la manera en que vivimos los cristianos hoy por hoy. Buscar las cosas del cielo es vivir conociendo perfectamente las de la tierra para ordenarlas debidamente y cuando llegue la hora de elegir –que llegará en algún momento- lo hagamos desde una fe que se fortalece hoy: la fe en Cristo resucitado.

Creer en Cristo resucitado tiene que producir en nosotros, un cambio real: buscar las cosas del cielo para hacerlas realidad en la tierra, que es donde vivimos y donde tenemos que hacer que Cristo viva para que los hombres crean de verdad que ha resucitado y camina con nosotros en el día a día que, a veces, resulta un tanto fatigoso[2].

El día que hizo el Señor, -hoy- es un reto importante en nuestra vida. Es un día que no termina cuando termina la liturgia, es éste un día que puede ser el origen de un cambio profundo, o el comienzo de algo: la resurrección necesitó testigos; los necesita hoy también: los cristianos, sin embargo sólo según vivamos, nuestro testimonio será fiable a un mundo que tiene mucha más necesidad y hambre de testigos que de predicadores ■


[1] Cfr. Salmo 117.
[2] A. M. Cortés, Dabar 1993, n. 24

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris