Domingo de Pascua 2012 (II)


A veces es útil hacerse preguntas. Y hoy, en este alegre y luminoso día de Pascua, al iniciar la gran fiesta de los cristianos –la gran fiesta de la fe- es bueno preguntarnos si sabemos exactamente lo que creemos; interrogarnos sinceramente, para así poder celebrar bien las siete próximas semanas, hasta Pentecostés[1].  

¿Qué es ser cristiano? ¿El cristiano, es el hombre que cree en Dios? Sí, pero no es necesario ser cristiano para creer en Dios: hay millones de creyentes que no son cristianos (y no únicamente en países lejanos; también entre nosotros). ¿El cristiano, es aquel que cree en una vida que no termina con la muerte? Sí, pero tampoco es exclusiva nuestra creer en la pervivencia: también hay hombres que esperan otra vida sin ser cristianos. ¿El cristiano, es el hombre que cree en la necesidad de cierto tipo de comportamiento, basado en el amor, en la justicia, en la verdad...? Sí, pero –una vez más- debemos reconocer que no es necesario ser cristiano para creer en la exigencia de un camino de amor, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad... Hay muchos hombres –incluso no religiosos- que de hecho procuran vivir así.

Todas estas preguntas no definen lo que es nuestra fe. Tampoco basta decir que el cristiano es aquel que quiere inspirar su vida en la palabra y en el ejemplo de Jesucristo. Ciertamente, el cristiano –como dice la misma palabra- se define en relación, en referencia con Cristo. Pero para nosotros, Jesús no es únicamente un maestro, un ejemplo. Nuestra fe nos pide un paso más, un paso de una importancia y, sí, de una dificultad- decisiva.

La pregunta sobre nuestra fe tiene una respuesta precisa y concreta: ser cristiano es creer en la resurrección de Jesucristo. Quien tiene esta fe –con todas sus consecuencias- es cristiano; quien no cree en la Resurrección, no puede llamarse cristiano (por más que pueda ser un hombre admirador de Jesús o un hombre religioso o un hombre justo). Ser cristiano no pide nada más ni nada menos que esto: creer que Jesús de Nazaret, después de seguir su camino de anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios, aceptó el camino de la cruz con una fe, con un amor, con una esperanza total. Y que por ello Dios Padre le resucitó, es decir, le comunicó aquella plenitud de vida que Él había anunciado, constituyéndole así Señor para todos los que creyeran en Él.

Demos un paso más. Hagámonos otra pregunta: ¿Cómo es que los que creemos en Jesucristo resucitado, vivo, vivimos vinculados a su vida? Y la respuesta es más o menos sencilla: nosotros creemos que su Espíritu –aquel Espíritu de Dios que dicen los evangelios que estaba en él- está en nosotros. Tal cual.

Por eso el tiempo de Pascua debe significar para los cristianos un progreso en esta fe en el Espíritu del Señor que penetra, ilumina, fortalece, nuestro camino[2].

El error en el que tropezamos con frecuencia es que queremos arreglar nuestra vida solos, olvidamos el Espíritu de Dios que está en nosotros. El camino no lo hacemos solos: el camino es el Espíritu quien lo hace en nosotros. Y si ésta es nuestra fe, ésta es también la causa de nuestra alegría (¡como la Santísima Virgen!). Por eso, como hicimos anoche en la celebración de la solemne Vigilia Pascual, renovemos nuestro compromiso bautismal, compromiso de fe en el Padre que es amor, en el Hijo que es nuestro camino, en el Espíritu que está presente y vivo en nosotros. Renovación de nuestra fe que es renovación de vida y llamada a la alegría ■


[1] El Tiempo Pascual es un periodo del año litúrgico, comprendido por los cincuenta días entre el Domingo de Pascua de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés. Durante este tiempo de especial alegría y festividad las lecturas de la Misa son especiales y en vez del Angelus se reza la oración de Regina Coeli.Durante este tiempo se celebra también el Día de la Ascensión, que conmemora la ascensión de Jesucristo al cielo en presencia de sus discípulos tras anunciarles que les enviaría el Espíritu Santo, que es precisamente lo que se celebra el día de Pentecostés.
[2] J. Gomis, Misa Dominical 1989, n. 7.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris