III Domingo de Cuaresma (B)


Los mercaderes en el templo son más numerosos de lo que ordinariamente se piensa. Y la operación limpieza tendrá éxito cuando no sólo quede eliminado el ruido del dinero junto al altar, sino cuando corrijamos ciertas actitudes. Es preciso decirlo bien claro: en la Iglesia no se permite hacer ningún comercio, y si se hace –del tipo que sea- no estamos actuando bien, ni siquiera el comercio o el negocio de la salvación. Me explico. Hay personas que se acercan la Iglesia con el único fin de arreglar los asuntos de su salvación. Una compraventa en el sentido más pleno del término; personas que se dirige a Dios con un “oye, tú me das un rincón del cielo y yo te lo pago con la misa del Domingo, y asunto arreglado”. Una mentalidad de este calibre ¿no merece la actitud enérgica del Señor?

Hay más, muchas más formas de mercadeo, a saber: recurrir a Dios sólo cuando estamos con el agua al cuello y nos urge su intervención para sacarnos del apuro. Quizás hemos pisoteado impunemente durante largo tiempo las exigencias de nuestra fe, cuando todo iba bien. Luego, a la primera señal de peligro, hacemos sonar la sirena de alarma. Y ¡ay si Dios no acude pronto! En una palabra: Dios a nuestra disposición y no nosotros a disposición de Dios. Y esto es un cristianismo falso. Un cristianismo de bandidos.

El asunto es mucho más evidente en relación a los santos. Para simplificar las cosas, incluso hemos llegado a distribuirles la tarea y a especializarlos en determinados asuntos: tenemos una larga lista de santos de socorro de urgencia, encargado cada uno de un sector particular, y sabemos en cada caso a quién hemos de echar un telefonazo. Naturalmente les pagamos las molestias; no es que queramos gratis sus favores: una vela encendida, una novena, un hábito. Los santos, que deberían realizar la tarea de constituir un perpetuo remordimiento y un ejemplo para nosotros, han quedado domesticados y utilizados para nuestro servicio. También ellos quedan a nuestra disposición.

La operación limpieza del templo sólo se completará cuando logremos desarraigar esa mentalidad mercantil, esa concepción utilitarista de la fe que nos hace roñosos y mezquinos, que nos transforma en comerciantes a la sombra del templo.

El Señor quiso limpiar el templo. Y al final de la operación, su rostro tenía que expresar la misma satisfacción que un ama de casa, cuando al cabo de una jornada deja la escoba junto a un imponente montón de basura. Desde luego las consecuencias resultan molestas para nosotros. Hoy debemos aprender que los enemigos del cristianismo no han de buscarse fuera, sino dentro del recinto sagrado. Y entre ellos podemos estar nosotros.

Somos muy hábiles para descubrir a los enemigos externos de nuestra religión, los hemos descubierto y los hemos catalogado, echándoles encima todas las culpas y declarándoles la guerra, y con esto hemos cometido un error formidable pues hemos reducido nuestro ser-cristianos a un ser anti-enemigos externos, sin embargo no nos damos cuenta de que lo esencial, lo urgente es ser anti-nosotros-mismos.

Vamos diciéndolo de una vez y para siempre: el peligro para la Iglesia no viene de fuera; viene de dentro, viene de nosotros mismos.  Los enemigos externos le hacen, en el fondo un estupendo servicio: la obligan a ser vigilante, aumentan su fuerza de cohesión, la robustecen.

Al mismo tiempo es bueno que seamos serios y humildes. No vayamos por la vida como fariseos que alardean de justos y desprecian a "esos malditos comerciantes". No hay nadie que, en su acercamiento a Dios, vaya como espíritu puro. Dios lo sabe y cuenta con ello, ¿Dónde encontró Dios a Abraham, o al Rey David? ¿Dónde encontró Jesús a los doce? En el comercio religioso: Abraham buscaba un hijo y una tierra y David un Reino: Dios fue purificándolos a través de su historia hasta hacerlos creyentes. Los doce buscaban primeros puestos en el Reino por ellos imaginado, y Jesús fue haciéndolos Apóstoles.

Purificar intenciones, vigilar motivaciones, corregir pretensiones... esto es lo que debemos hacer constantemente, conscientes de que Dios mismo ayuda y que sólo el encuentro con Jesús crucificado y resucitado lleva al conocimiento y adoración del Dios Padre.

No pongamos la confianza en señales o seguridades lejanas a Dios. La Cruz de Jesús aparece como contraria a todas esas pretensiones: fracaso en lugar de manifestación gloriosa, y necedad en vez de sabiduría.

Para quien se abre a la fe, la Cruz se convierte en la gran señal, en la sabiduría divina al alcance de los más pobres. La Cruz destruye el templo donde es adorado el yo, y descubre el poder resucitador de Jesús, Mesías y Redentor ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris