Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2012)


San Marcos nos presenta un cuadro dramático y terrible. Fuera de la ciudad sagrada, junto al camino, a la vista de los que pasaban por allí, colgado en una cruz entre dos bandidos, agoniza el mismo hombre que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente como el Rey-Mesías. Sobre su cabeza un letrero que da noticia de la causa de su condena: El rey de los judíos.

Todos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba: tanto los que al escucharlo recibieron su mensaje como acusación y denuncia de sus injusticias como los que lo debieron sentir como anuncio de liberación.

Todos están allí: la gente del pueblo que lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él.

Y lo que es peor: todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a sí mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no sería la que estaban viendo. Si aquel despojo humano fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios? Y, al final, parece que aquel hombre en la cruz les da la razón: ¡Eloi, eloi, lema sabaktani, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

El hombre que nos presenta la liturgia de éste domingo con la lectura completa de la Pasión es…un Dios sin poder. "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso", decimos en el Credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos.

… Dios es amor, dice San Juan al escribir muchos años después de éstos acontecimientos, y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. La gente que estaba ahí en aquel momento no fue capaz de descubrirlo, no comprendían que era un acto de amor y el comienzo de la salvación. Y nosotros, dos mil años después ¿seguimos sin comprenderlo? ¿Creemos que el amor es lo que transforma el mundo? Todos conocemos la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? No, no es tarea fácil[1].

La liturgia de éste domingo nos invita, pues a acercarnos a la pasión del Señor. Dios da al mundo, un año más, la oportunidad de celebrar la Pascua, de renovarnos en el amor y la fe. En el momento de la crucifixión sólo un forastero –un pagano, por cierto- supo comprender lo que estaba sucediendo: De veras este hombre era Hijo de Dios[2]. Entre tantos salvadores poderosos que ofrecen –nos ofrecen- tantas cosas, ¿no sería inteligente dar una oportunidad a este Salvador? Vamos a pensarlo, y a pedir a la Virgen Santísima su compañía a lo largo de los próximos días ■



[1] R. J. García A., Llamados a ser libres. Ciclo B., Edic. El Almendro, Madrid 1990, p. 76ss.
[2] Cfr Mc 14, 1; 15,47;15, 1-39. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris