VII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Qué duda cabe –lo vemos todos los días- son muchos los que han suprimido de sus vidas la experiencia del perdón de Dios y no buscan más la reconciliación con su Creador. ¿Cómo reaccionan al descubrir su propia culpabilidad? Sin duda, muchos de ellos saben enfrentarse a sus propios errores y pecados para asumir de nuevo con seriedad su propia responsabilidad: hombres y mujeres fieles a su conciencia, que se autocritican y son capaces de reorientar de nuevo sus vidas. Pero no hay duda de que el hombre que no tiene la experiencia de sentirse radicalmente perdonado, es un hombre que corre el riesgo de empobrecerse y quedarse sin fuerza para enfrentarse con sinceridad consigo mismo y renovar su existencia, como el Ave Fénix, imagen tan querida en las tradiciones antiguas[1].

Lo más fácil es vivir huyendo de uno mismo, justificándonos mil maneras; poniendo la culpa sobre los demás, quitando importancia a los propios pecados, errores e injusticias: eludiendo la propia responsabilidad.

Y es que quizá los creyentes -¿Por qué no lo hemos predicado suficiente los sacerdotes?- no apreciamos lo suficiente la gracia liberadora y humanizadora que se encierra en la experiencia del perdón de Dios, en la intimidad que podemos encontrar en el Sacramento de la Confesión, sacramento maravilloso.

Nunca es decisivo lo que ha ocurrido en nuestra vida ni pecado que hemos cometido. Mientras conservemos una pequeña fe en el perdón de Dios y en su misericordia, todo es posible: Si nuestra conciencia nos condena, más grande que nuestra conciencia es Dios[2].

Aquel profundo conocedor del corazón humano que fue San Agustín nos dice que el hombre que sabe invocar a Dios en medio de su miseria es un hombre salvado: «El hombre errante que grita en el abismo, supera el abismo. Su mismo grito lo levanta por encima del abismo»[3]. Siglos después Mozart lo recogió de forma maravillosa en el Recordare de su Requiem:

Gimo porque me siento culpable,
me ruborizo por mis faltas:
suplicante os pido, Dios mío, vuestro perdón.     
Tú, que perdonaste a María Magdalena,
y escuchaste la plegaria del ladrón,
dame también la esperanza del perdón[4].

Nuestra vida siempre tiene salida. Todo puede convertirse de nuevo en gracia. Basta creer en la misericordia de Dios, acoger agradecidos su perdón. Escuchar con fe desde el fondo de nuestra miseria las palabras consoladoras: Hijo, tus pecados te quedan perdonados.

Quien cree en el perdón no está nunca perdido. En lo más íntimo de su corazón encontrará siempre la fuerza de Dios para levantarse y volver a caminar ■


[1] El ave Fénix o Phoenix, como lo conocían los griegos (el Bennu egipcio), es un ave mitológica del tamaño de un águila, de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente, de fuerte pico y garras. Se trataba de un ave fabulosa que se consumía por acción del fuego cada 500 años, para luego resurgir de sus cenizas. Según algunos mitos, vivía en una región que comprendía la zona del Oriente Medio y la India, llegando hasta Egipto, en el norte de África. Muy presente en la poesía árabe (En árabe: العَنْقَاء Al- Anka), El mito del ave Fénix, alimentó varias doctrinas y concepciones religiosas de supervivencia en el Más allá, pues el Fénix muere para renacer con toda su gloria. Fue citado por los sacerdotes egipcios de Heliópolis, el griego Heródoto, los escritores latinos Plinio el Viejo, Luciano, Ovidio, Séneca y Claudio Claudiano, o los cristianos Pablo de Tarso, el Papa Clemente de Roma, Epifanio o San Ambrosio. En el Antiguo Egipto se le denominaba Bennu y fue asociado a las crecidas del Nilo, a la resurrección, y al Sol. El Fénix ha sido un símbolo del renacimiento físico y espiritual, del poder del fuego, de la purificación, y la inmortalidad.
[2] Cfr 1 Jn 1, 19-20.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 193 ss.
[4] La Misa de Réquiem en re menor, K. 626 es la decimonovena y última misa escrita por Mozart, éste murió antes de terminarla, en 1791, el texto completo del réquiem (latín- español) puede consultarse aquí: http://kareol.es/obras/cancionesmozart/requiem/texto.htm

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris