Tu intimidad es palabra,
hecha silencio y ternura,
es la ciencia sin saberes,
porque es tu presencia pura.

Déjame, mi Dios, sentirte
sin razones ni ataduras,
déjame, mi Dios, saberte
derramado en mi espesura.

Déjame, mi Dios, perderme,
en tu pecho, que es mi cuna,
que es descanso de mis sienes,
cabezal de suaves plumas.

Eucaristía dulcísima
vida de Dios que susurra,
aquí detengo mi aliento,
callo, que estoy a la escucha.

No soy pagano, soy hijo,
por divina gracia tuya,
no necesito palabras
para decirte mis cuitas.

Me basta volver mis ojos
a tu mirada profunda,
me basta llamarte “Padre”
y quitar toda pregunta.

Creo en tu vida, mi Dios,
que viertes en quien comulga,
eres mío, porque quieres
que mi alma a ti se una.

Heme aquí, uno los dos,
vida una, muerte una,
Jesús de toda piedad
y de infinita hermosura.
Amén  
EL CAMINO CUARESMAL.   
P. Rufino María Grández, ofmcap.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris