Llega el Reino de Dios en ese rostro
que es imagen impalpable de la Esencia,
y de la ruta humana fatigosa
el remate feliz, la paz perfecta.

Viene la Parusía cuando brillas
y el más allá se alcanza en tu presencia,
que al tiempo eres origen y principio,
Dios de Dios, Luz de Luz, Alfa y Omega.

¡Qué bien aquí, eternamente aquí,
contigo que eres Dios y tienes tienda
que hemos de hacer nosotros para ti,
aquí para gozar tu gloria eterna!

¡Oh Luz anunciadora del secreto,
oh Viviente inmortal que te revelas,
oh deseado cuerpo de mi Dios!,
Pedro, Santiago y Juan de ti destellan.

A nadie lo digáis hasta el momento,
dejad que el Hijo como siervo muera,
y aguardad que ya llega, ya ha estallado
la gloria que desea quien espera.

Jesús transfigurado y verdadero,
saciado de dolor y de belleza,
¡te bendecimos, santo, santo, santo,
y te cantamos, Dios de nuestra tierra! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap,  6 marzo 1982

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris