Oh Dios de amor, festín de mis deseos,
sutil cadena de mis pensamientos,
oh Padre de mi origen, gloria mía,
realidad fontal, mi tierra y cielo.

Tus brazos son la cuna que me acuna,
la santa sepultura de mi entierro,
tu voz con tu palabra es mi palabra
tu ser es dulcemente mi silencio.

Confío en ti, me arrojo a lo infinito,
y cual Señor del tiempo te confieso;
tu triunfo yo proclamo, tu gloria toda,
que se ha de hacer visible al universo.

Tu Reino, Santidad y Voluntad
es esa la oración que al mundo enseño,
tu Vida es mi delicia y esperanza,
la nueva creación de Padre bueno.

Mas yo de ti, mi Dios, jamás me escindo,
que en ti yo existo, en ti me siento y veo,
en ti y en el Espíritu amoroso,
que somos unidad y eterno beso.

De ti, mi Dios, Señor omnipotente,
el día del amor será mi Adviento,
de ti he venido, oh Dios, de ti vendré,
tu Reino y esplendor será mi Reino  

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris