IV Domingo de Adviento (B)


Faltan pocos días para la gran fiesta de Navidad y en este último domingo de Adviento bueno será que pidamos a Dios Padre Su ayuda para que la gracia y la luz de Nochebuena no pasen rozando solamente la superficie de nuestra vida. Estos días habrá en nuestras familias, en las calles, en todo el ambiente, aires de fiesta. Y esto es bueno porque la fiesta y la alegría son una bendición de Dios, pero al mismo tiempo hay una presentación superficial, engañosa, de lo que significa la Navidad, y banalizar, frivolizar, el nacimiento de Jesucristo es tomar el nombre de Dios en vano.

Las lecturas de hoy –especialmente la primera y el evangelio- evocan una notable sorpresa, incluso una cierta desorientación, ante el modo como Dios actúa. Y es que la gran lección de la Navidad es que Dios responde de verdad, hondamente a las esperanzas, expectativas y anhelos humanos, pero tiene Su manera muy particular de hacerlo: el camino que escoge, puede sorprendernos, incluso desconcertarnos. Y, si no estamos atentos, puede ser que no entendamos nada.

San José. ¿Has conocido a alguien sencillo, de mirada clara, de corazón generoso, que nada pide para sí y tienen siempre la puerta abierta para los demás? Así era san José. Y, sin embargo, queda desconcertado ante la sorprendente situación de María. Busca una salida que no ofenda ni comprometa a nadie. Pero Dios le dice que no es este el camino. El camino es comprometerse. Es asumir que Dios actúa en nuestra vida más allá de nuestras expectativas, normas y costumbres. Que Dios es sorprendente.

Las grandes expectativas del pueblo de Israel, anunciadas por los profetas, se realizarán en aquella jovencita de Nazaret, que ha concebido un niño por obra de la iniciativa gratuita de Dios.

El Hijo de Dios, la respuesta de Dios a los más serios y hondos anhelos humanos, nace de una jovencita virgen. Es una afirmación que quizá hoy pueda sorprender e incluso chocar –o aún escandalizar- en nuestra mentalidad. La virginidad no es hoy valorada. Y, sin embargo, desde siempre, en los evangelios, y en toda la tradición cristiana, se nos habla de María virgen.

Jesús nace como fruto y comunión entre el sorprendente amor de Dios para con todos los hombres y la sencilla confianza generosa de María que salta por encima de todas las convenciones humanas y da un total. Jesús nace fruto del amor de Dios y de la fe de María.

La invitación de éste domingo, es pues, a que pidamos con seriedad y hondura, que no se nos escape la gracia de Navidad. Que María de Nazaret y José, nos enseñen cómo acoger la venida de Jesús Niño. Una venida siempre sorprendente, quizá desconcertante. Sorprendente y desconcertante porque viene a fecundar nuestras entrañas.

A fecundarlas y así abrirnos a la alegría compartida, no a la alegría del grupito, de la capillita, sintiéndonos “aristócratas del amor”. Abrirnos al perdón sin exclusiones, aún con aquellos que nos rechazan. A saber dialogar sin imponernos, sin sentirnos que tenemos el monopolio de la salvación[1]. A reanudar relaciones deterioradas, a ser generosamente comprensivos y magnánimos, a ocupar nuestro lugar en la lucha por la necesaria justicia, a trabajar por la paz, a dar corazón, una mano y dinero a los necesitados, no a verlos como el container ideal de los juguetes del año pasado que ya estorban en casa para acomodar los nuevos.

Y, finalmente pero no menos necesario, a acoger al Niño en nuestros brazos y pedirle que siembre en nosotros aquel amor del Padre que él viene a comunicarnos. Esa será... la gracia de Navidad ■



[1] "Fuera de la Iglesia no hay salvación". ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? “Quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” Lumen Gentium, n. 16. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris