Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (A)



No quiero servir a un rey que se pueda morir. Estas palabras de Francisco de Borja, pasmado ante el cadáver de la reina, expresan para nosotros no el menosprecio del mundo, sino la nobleza" del cristiano. Agnosce christiane dignitatem tuam –reconoce, cristiano, tu dignidad- gritaba san León Magno…

Decir "hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey", así, sin más, supone una osadía enorme. Quienes nos escuchan predicar evocan inmediatamente cientos de imágenes de ese Cristo anunciado y, posiblemente, entre ellas existan numerosas diferencias e, incluso, antagonismos incompatibles.

Cristo Rey llevará a unos al Cristo Majestad, entre ángeles bizantinos y oros, de los solemnes mosaicos de las grandes basílicas de todos los tiempos. Para otros, el Cristo Rey está unido a esa pequeña estatua del comedor de la casa y confirmando con su gesto de bendición una promesa en la que se confía. Algunos encontrarán, como Teresa de Jesús, a ese Jesús-Rey, coronado de espinas y llagas, burlado por los soldados y ofrecido en almoneda a un pueblo despectivo e implacable.

Otros lo verán en la joven imagen del Superstar, arrojando a los siempre reconocibles mercaderes de ese templo relleno de armas y de todas las brillantes mentiras de nuestra sociedad de consumo. Y así, tantas y tantas imágenes de nuestra devoción y de nuestro particular afecto y concepción de la fe.
¿Valen todas las imágenes? ¿Es que hay muchos Cristos? ¿Podemos hoy predicar indiscriminadamente a un Cristo Rey que se conforme con todo lo que los cristianos piensan? ¿Hay algún Cristo con el cual tengamos que conformarnos hoy? Sin negar el valor real de todas esas imágenes y el mensaje significativo que llevan, hemos de recordar que cada una de ellas –y otras muchas que hemos omitido- han surgido y son fruto de momentos muy distintos de la vida de la Iglesia, llevando consigo un mensaje concreto, una respuesta, a los concretos hombres a quienes se ha presentado y a los que ha manifestado un aspecto de la inagotable riqueza de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios, el Principio y Fin de toda la creación.

Y aunque todas estas imágenes sean verdaderas, hemos de reconocer que algunas de ellas, por su parcialidad, por la concreción de su mensaje, por estar destinadas a dar respuesta a hombres y épocas muy diferentes de las nuestras, hoy nos resultan menos expresivas, menos significativas, intrascendentes, si no totalmente inadecuadas y contraproducentes. Y la razón es obvia: no vivimos en el reinado de Constantino, ni en el Medioevo, ni bajo los ingenuos análisis de un titubeante cristianismo social...

Cuando celebramos hoy a Cristo Rey, ¿existe alguna imagen privilegiada a la cual tengamos que referirnos ahora? Es ahí donde la Liturgia nos brinda su inigualable servicio –aquél que tiene como primordial-: revelar el rostro que hoy y aquí tiene Jesús para nosotros, los hombres de esta época.

La Liturgia de la Iglesia nos presenta hoy a Jesús como el Señor de la Historia –la de hoy, la de antes, la futura-: el que hace verdad entre los hombres y nos da el criterio de pertenencia o exclusión de su Reino: el compromiso real por el hombre: lo que hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo.

Celebrar a Cristo Rey, hoy, nos dice la Iglesia, es volver a ver y ponernos a escuchar a Jesús de Nazaret, pobre hombre entre los hombres[1], sencillo maestro de la humanidad, que ha hecho con el material de su propia vida el modelo regio para todo hombre que pisa este mundo.

La pertenencia o exclusión del Reinado que Él proclama, viene como resultado de nuestra responsable decisión respecto a los demás hombres: solidaridad y pertenencia al Reino o insolidaridad y dimisión irrevocable. Hoy por hoy –y entiéndase bien la frase- importa la actitud más que el credo. Y el criterio más visible para saber en qué lado estamos nos lo da lo que en verdad hacemos con los maltratados, los indefensos, la víctimas de nuestra propia capacidad de humillar o dignificar.

En el Reino de Jesús se entra por una práctica de vida.

Creo que ya sabemos a qué Cristo Rey nos referimos cuando hoy celebramos su fiesta, ahora falta que ése conocimiento se traduzca en obras de amor pues, en palabras de San Juan de la Cruz, al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor[2]


[1] Cfr Lc 9, 58.
[2] San Juan de la Cruz, O.C.D., cuyo nombre de nacimiento era Juan de Yepes Álvarez y su primer nombre como fraile Juan de San Matías, O. Carm. (Fontiveros, Ávila, España, 24 de junio de 1542 – Úbeda, Jaén, 14 de diciembre de 1591) fue un religioso y poeta místico del renacimiento español. Fue reformador de la Orden de los Carmelitas y cofundador de la Orden de Carmelitas Descalzos con Santa Teresa de Jesús. Desde 1952 es el patrono de los poetas en lengua española.
Ilustración: J. Moreno Carbonero, La conversión del Duque de Gandía (1884), 315cm x 500 cm, Museo Nacional del Prado (Madrid) http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/obra/conversion-del-duque-de-gandia/

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris