XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Uno de los pasajes en los que san Mateo recoge unas de las más duras frases el Señor es el que precede al evangelio de éste domingo. Después de la recriminación a las ciudades galileas que no han respondido a sus obras y de la vuelta de aquellos setenta y dos, Jesús alaba al Padre por la actitud que ve en el pueblo llano.

Dios ha decidido gratuitamente -así te ha parecido mejor- esconder estas cosas a los sabios y entendidos y revelarlas a la gente sencilla. ¿Acaso Dios tiene preferencia por los sencillos? Pareciera como si estuviese de parte de la gente sin demasiada instrucción, de los del montón, de aquellos que no brillan demasiado.

Y con la lectura de éste pasaje naturalmente salta la pregunta: ¿quiénes eran, en tempos de Jesús los sabios y entendidos y quién era esa “gente sencilla”? ¿Los mismos términos se pueden usar hoy?

Los sabios y entendidos eran las élites religiosas de Israel, los escribas y los fariseos, los rabinos que permanecían indiferentes ante la las palabras de Jesús e incluso se escandalizaban por su predicación en favor de los pobres y los desfavorecidos. Hoy, veinte siglos después, “los sabios y entendidos” son los autosuficientes que creen que ya lo saben todo, que utilizan su ciencia y su conciencia para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo, sin disposición a oír y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina y ¡ay! resulta que el misterio del Reino de Dios no es accesible a esta clase de sabiduría humana, tan segura de sí misma. O tan llena de sí misma.

El hecho de que Dios "esconda estas cosas" no se debe a Él, sino a los obstáculos que ponemos los hombres mismos con nuestra actitud. De hecho, las obras de Jesús son evidentes a todos pues Él vino para ser conocido por todos: no he venido a llamar a justos, sino a pecadores[1].

El que se cree justo se cierra a la llamada de Jesús por estar conforme con la vida que lleva. Los “sabios y entendidos” ya lo saben todo, ya lo viven todo de la mejor forma posible, ¿cómo es posible entonces que puedan aprender y vivir cosas nuevas? Verán y oirán únicamente lo que les interese y que esté de acuerdo con lo ya sabido y vivido.

Por otro lado los “sencillos” no son sólo los niños, sino también los hombres y mujeres, sin, digámoslo así, demasiada cultura; aquellos sin -¡ay frase desdichada!- “mucha formación”, es decir, los aldeanos de Galilea, los pastores de Belén, los publicanos y pecadores, las prostitutas. Todos aquellos que eran despreciados por los doctores de la Ley y por los fariseos.

Es notable en el evangelio que el Señor Jesús perdonaba con mucha facilidad las debilidades. No iba cortando cabezas ni condenando a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero llama la atención que no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos, y sacerdotes de la Ley. Era como si los pecados de la carne y cosas así fueran como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce. Sin embargo, el fariseo –y eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpito, pero... ¡ay!, estaba envenenado.

El plan de Dios no puede ser aceptado más que por aquellos que se presentan ante él conscientes de su vacío y pequeñez, con la pobreza radical que caracteriza al ser humano, con la actitud de humilde y esperanzada búsqueda de algo o de Alguien que pueda llenar sus vidas, actitud que no tiene nada que ver –o casi nada- con el dinero pues los hubo ricos e importantes que supieron acercarse a la Verdad: los Magos y de Nicodemo.

Los magistrados y los fariseos, los sabios y los entendidos, los que sabían leyes y “teología”, no escucharon la palabra de Dios. Y es que el Evangelio no es una palabra sabia para los sabios, sino una palabra de vida y para la vida. Para escuchar el Evangelio y para comprenderlo hace falta tener un corazón despejado de intereses bastardos, hace falta perder el miedo a las exigencias del amor y no tener nada que defender. A dejar a un lado frases como “soy aristócrata del amor”: el único que podría haberlo afirmado categóricamente era Jesucristo, y no lo dijo. Nunca.

Con frecuencia, muchas de las dificultades para comprender las palabras de Jesús, provienen de ese miedo que tenemos a las exigencias del amor y entonces justificamos nuestro miedo que nos paraliza, entreteniéndonos en reflexiones y razonamientos interminables.

Otras veces adoptamos ante el Evangelio una actitud interesada más en justificar nuestra vida que en cambiarla, y entonces nos comportamos como los fariseos que escuchaban a Jesús para pescarlo y ponerlo en situaciones comprometedoras.

Tampoco entendemos el Evangelio desde una actitud solamente académica, que nos obliga a fijarnos más en las palabras que se dicen que en lo que quieren decir. Cuando el Evangelio se escucha con oídos de amor y con corazón sencillo, resulta fácil comprender, aunque no siempre resulte fácil saber qué significa concretamente cada una de sus palabras ■


[1] Cfr Mt 9, 13

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Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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