Yo soy la Resurrección,
clama el Amor victorioso
ante la tumba de Lázaro,
humedecidos los ojos.
¡Oh Cristo, Hombre y ternura,
Dios inmortal y piadoso!
“Yo soy la Resurrección”,
y yo a tus plantas me arrojo.
 
Rompe la Vida sepulcros,
yace la Muerte en despojo;
manda vivir al amigo,
quita el sayal tenebroso.
¡Oh Cristo, brazo del Padre,
tan tierno cuan poderoso!
“Yo soy la Resurrección”,
y yo a tus plantas me arrojo.
 
María, alma doliente,
alegra tu bello rostro;
Jesús presente te llama,
para escuchar tu sollozo.
¡Oh Jesús, amor y vida,
mis lágrimas son tu lloro!
“Yo soy la Resurrección”,
y yo a tus plantas me arrojo.
 
Salid, oh muertos, vivid,
que yo al Padre le imploro,
vivid de la comunión
la vida y el pleno gozo.
Amor-victoria, Jesús,
que mata pecado y odio.
“Yo soy la Resurrección”,
y yo a tus plantas me arrojo.
 
No pudo la muerte impía
dar muerte a Jesús hermoso,
y ya presagia en Betania
la Pascua que brilla pronto.
¡Oh mi Jesús comulgado,
mi amor, y mi triunfo todo!
“Yo soy la Resurrección”,
y yo a tus plantas me arrojo

P. Rufino María Grández, ofmcap,
Cuautitlán Izcalli, febrero del 2005. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris