V Domingo de Cuaresma (A)

Jesús se puso a llorar[1]. La Vida llora por la muerte de sus criaturas. Dios llora sobre Adán. Llora el amor divino viendo adonde ha ido a dar el camino en el que colocó a Adán en la mañana de la creación. Era el camino de la vida y va hacia la muerte. Es el camino de la libertad; pero de ella abusó el hombre por el pecado. Fue creado libre para cooperar a la obra del Creador y ¿qué ha creado? El pecado, la muerte, el infierno. Jesús se puso a llorar, nos dice san Juan. Se conmovió hasta lo más hondo. Fremuit. Interesante palabra que Lutero traduce demasiado textualmente por "se irritó"[2]. Fremuit spiritu. El Espíritu de Dios que vive en Jesús se estremece por la miseria que el pecado trajo al hombre. No es la sola humanidad de Cristo; es la vida divina la que se irrita a la vista de la muerte que destruye su obra.

Jesús se conmueve, se estremece en su interior. Está en la última parte de su camino en la tierra; llega el momento en que, por su muerte, va a aniquilar a la muerte. A su criatura, que se había extraviado, le ha devuelto la libertad arrancándola a la muerte para conducirla a la vida. Dentro de unos días estará allí donde está Lázaro, en un sepulcro. Jesús se conmueve y llora. Ese conmoverse, estremecerse no son otra cosa que su amorosa compasión para que nada permanezca en la muerte: ¡Lázaro, sal fuera! Yo soy la resurrección y la vida. Jesús mira al verdadero final de su carrera y precisamente el vencer a la muerte constituye su mayor triunfo, su más bella audacia.

Jesús se conmueve y llora. El dolor de Dios por sus criaturas pasa a través del cuerpo de Cristo. También la Iglesia, se conmueve y llora. Llora sobre la muerte que el pecado obra en el hombre. Se conmueve y llora a la vista de la muerte de Cristo, ya que la Vida tuvo que morir para transformar la muerte en vida. Se conmueve y se irrita por los pecados, siempre repetidos de los hombres ya redimidos. Se conmueve y llora a la vista de la lucha que, como resultante de todo esto, tiene que sostener una y otra vez el cuerpo de Cristo.

Este último domingo del tiempo de Cuaresma –dentro de una semana vamos a celebrar el Domingo de Ramos- es el momento de descender hasta lo más profundo de nosotros mismos, allí donde libramos todas nuestras batallas, ahí donde mantenemos la conversación con el Señor, con ése Jesús que se entrega a la muerte por amor a los muertos, que se entrega a la muerte, año tras año, en la celebración del misterio de las solemnidades pascuales. Hoy lo hace en el misterio de esta Misa, de esta Pascua en pequeño. Se entrega a la muerte; y lo hace hora tras hora, en el sacrificio de su propia voluntad, en la entrega de la obediencia, hoy, mañana, pasado mañana, en este lugar, en aquel otro...[3].

Esta es la hora de la vida, hora en que un poderoso aliento sale de Dios[4] y vivifica; hora en que Lázaro, desde  su sepultura, escuchará la voz de Cristo: ¡Sal fuera! ■



[1] Jn 11, 35.
[2] La traducción de la Biblia la inició durante su estadía en el castillo de Wartburg en 1521. Estando escrita ésta en latín medieval, Lutero la tradujo al griego para posteriormente hacerlo al idioma alemán, con la ayuda de diccionarios en griego, latín, hebreo y alemán. Éste deseaba traducirla del griego al alemán, con la intención de revelar las escrituras con exactitud. Inicialmente sólo incluyó el Nuevo Testamento, ya que los textos originales del Antiguo Testamento no estaban escritos en latín o en griego. El Antiguo Testamento estaba escrito en Caldeo-Arameo (idioma que carece de vocales en el sistema escrito; compuesto por letras consonantes) y solamente los rabinos conocían qué letras se escribían. Lutero utilizó una edición griega del Nuevo Testamento que originalmente fue escrita en griego por Erasmo, texto que más tarde fue llamado Textus Receptus. Durante el proceso de traducción, Lutero visitó pueblos y mercados cercanos con la intención de investigar el dialecto común de la lengua alemana. Escuchaba a las personas hablar, para así poder transcribir en lenguaje coloquial. La traducción se publicó finalmente en septiembre de 1522.
[3] E. Löhr, El año del Señor. El misterio de Cristo en el año litúrgico. Edic. Guadarrama, Madrid 1962, pp. 399 ss
[4] Cfr Gn 2, 7. http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1990/documents/hf_jp-ii_aud_19900110_sp.html 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris