Jueves Santo

Ha llegado la hora de Jesús: la hora de la verdad, por decirlo en una frase más o menos popular. Hora de hablar con claridad, hora de señalar qué es lo importante. El Señor ha amado a los suyos en todo momento; ahora ese amor va a llegar hasta el extremo[1] y lo va a mostrar en dos gestos muy concretos: el lavatorio de los pies y la aceptación serena de su muerte. Al final deja cumplida su misión: una comunidad humana en la que no hay más ley que la del amor; comunidad que se rige por un mandamiento nuevo[2].

El lavatorio de los pies va a ser la última acción que Jesús va a realizar con sus discípulos; y esta última acción se va a convertir en la norma de vida de su comunidad. Sin palabras, con acciones, Jesús enseña a sus discípulos la actitud hacia los demás; el amor no puede quedarse en palabras más o menos bonitas, ni en buenas intenciones: o se traduce en acciones concretas de servicio al hermano (y, como último paso en esa escalera de servicio estará al servir dando la propia vida si es necesario), o no hay amor. Y no hay otra opción; lo demás serán componendas, arreglos, connivencias, pactos, camuflajes, disimulos, engaños, intentos de auto justificación, pero no amor[3]. Muchos “te encomiendo” no le llenan el estómago alguien que pasa hambre o enjugan las lágrimas de quien pasa soledad.

El amor de Jesús es el mismo amor con que Dios ama a los hombres; de este modo, si Dios ama a los hombres lavándoles los pies queda bien claro que Dios no puede ser, en absoluto, un rey que vive lejos y que no se preocupa de los suyos. Jesucristo es un Dios servidor de los hombres, que se aviene a estar por debajo, incluso, de éstos para, desde abajo, poder alzarlos, elevarlos, divinizarlos. Las frases de los Padres son audaces: Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios por la gracia y participe en la vida divina. El hombre es un ser que ha recibido la orden de hacerse Dios.

No hay duda alguna: en este invento de Jesús, en este nuevo mundo, en esta nueva humanidad, cada hombre tiene que ser plenamente libre; en esta nueva sociedad no hay diferencia de clases ¡ni el mismo Dios es diferente!: todos son igualmente señores porque todos son igualmente servidores; y quien quiera continuar con su labor no tiene otra tarea: continuar sirviendo para continuar creando condiciones de libertad, de igualdad, de fraternidad entre todos los hombres.

Tenemos que amarnos como Jesús nos amó; no podemos ponernos en absoluto, por tanto, por encima del hombre; ponernos por encima del hombre sería ponernos por encima de Dios, que se ha puesto al nivel del hombre. Entre hombres sólo hay una relación posible: el amor que sirve.

Y, por favor, no tratemos de arreglar este gesto de Jesús diciendo que es un acto de infinita humillación. No. Lavar los pies a sus discípulos es un acto de amor, un gesto que reconoce que no hay desigualdades, ni rangos, ni categorías ni clases entre los hombres. No convirtamos este gesto del Señor en un rito simbólico de cara a la galería; no hagamos una payasada de algo que es el todo en nuestra vida; ni toquemos bombos y platillos cuando algún sacerdote o algún obispo vayan a lavar unos pies (ya lavados de antemano) en Jueves Santo.  

Pedro –en quien tantos quedamos reflejados- no comprende en absoluto a Jesús. Dios es Dios y tiene que estar bien “alto” (¿bien lejos, para que no moleste?) Su concepto de Dios no encaja con lo que sus ojos ven. No comprende que Jesús lo ama no con palabras sino con acciones. Pedro quiere que cada uno esté en su sitio; piensa que el rango, la categoría son legítimas y necesarias, pero Jesús le está enseñando que él deja un grupo en el que el líder sirve a los demás para hacerse uno con ellos; Pedro tendrá que aceptar que ya no puede haber jefes sino servidores, y mientras no lo acepte no podrá ser uno de los suyos.

Así es el nuevo mundo que propone Jesús; así es el nuevo mundo que tenemos que estar construyendo los cristianos ¿lo estamos haciendo?■



[1] Cfr Jn 13, 1.
[2] Id., 13, 34.
[3] Dabar 1981, n. 23

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris