¡Señor, mira, es la hora del
ocaso... la hora pasional
en que sube la fiebre a los enfermos
contagiados de sed de eternidad!

¡Ya es de noche, Señor, y tengo miedo
de morirme de sed en mi arenal!

Decid vos, ¡el mejor de los viajeros!
¿Dónde está el manantial
de que hablaste a la bella pecadora,
contagiada de sed de eternidad?

¡Que me muero de sed... y tal vez tenga,
Señor, muy cerca el pozo de Sicar!

-Venid, hijos sedientos,
los que tenéis el alma
grande como el vacío de las cosas,
profunda como el pozo de Samaria:
¡Romped de vuestra carne el frágil vaso...
porque mi eterna agua
sólo cabe en el cántaro insondable
de la inquieta mujer samaritana 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris