III Domingo de Cuaresma (A)


Allá se llegó ella, la mujer samaritana, a sacar agua del viejo pozo de Jacob. Y allá estaba El, Jesús, «cansado del camino, sentado junto al manantial».

Allá fue el encuentro, en un ardoroso mediodía. Y yo me pregunto: «¿Quién buscaba a quién? O ¿quién encontró a quién?» Porque, sabedlo: ella acudía, jadeante y afanosa, cada día al pozo para saciar su sed y la de los suyos. Pero, claro, «el que bebía de aquel pozo volvía a tener sed». Ella igualmente acudía a «otras fuentes incitantes y apetitosas», tratando de apaciguar esa otra sed de felicidad que ella, como todos los mortales, llevaba en su corazón.

Se lo apuntó Jesús: «Cinco maridos has tenido y el que ahora tienes... ». Todos los hombres vamos buscando la felicidad. Detrás de ella caminamos diariamente. Corren el niño y el mayor, el rico y el pobre, el poderoso y el mendigo. Cada uno la sueña de una manera, bajo una figura distinta. Pero, cada mediodía o cada medianoche, todos vamos teniendo la repetida sensación de que «el que bebe de esas aguas, vuelve a tener sed». ¡Vano intento!

Cuando, consciente o inconscientemente, buscamos la felicidad, es a Dios a quien buscamos. Lo confesó bellamente San Agustín, hastiado al fin de tanta aventura tras el placer, la sabiduría y la belleza: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

El hombre, decían los Padres griegos, es un teotropo, es decir alguien que da vueltas alrededor de Dios. Así como los girasoles van volviendo su belleza amarilla al sol, los hombres, aun sin saberlo, a Dios buscan. La samaritana, inconscientemente, eso hacía. Y allá se lo encontró, en el pozo. Dice Cabodevilla: «Cualquier forma de sed es sed de Dios».

Y es que Dios es un buscador del hombre. Imitando a los Padres griegos, podríamos decir que es un antropotropo. Y esa idea nos debe llevar a la maravilla y la ternura: «¿Cómo puede El, manantial inagotable de agua viva, andar sediento de este mínimo y pobre riachuelo que sale de mi corazón?» He ahí la paradoja. Dios desea que le deseemos, tiene sed de que estemos sedientos de Él, anda buscando que le busquemos. Sueña que le soñemos. Por eso, mi adivinanza: «¿Quién busca a quién? ¿Jesús a la samaritana o la samaritana a Jesús?» La respuesta está en ese peregrino que siempre nos espera junto a cualquier pozo de nuestra vida»[1].

Hasta aquí el (maravilloso) comentario del P. Martin Descalzo al evangelio de éste domingo, el tercero del tiempo de Cuaresma.

La Samaría es desde la antigüedad una tierra prohibida, una tierra de descreídos y de heréticos. Jesús llega a esta región, despreciada por los judíos, para revelar que Él es el mesías a una mujer ¡ay! de costumbres fáciles.

Jesús en un mediodía caluroso tiene sed y pide de beber. El agua que ofrecen todos los pozos que se encuentran por los caminos del mundo solamente llegan a calmar de momento la sed del hombre. Cristo no quita valor al agua del pozo de Jacob, sino que pone de relieve su insuficiencia. El Señor no condena las aguas de la tierra, sino que ofrece el agua que salta hasta la vida eterna. La samaritana, que sólo piensa en el agua para la cocina y el lavado, es ahora la que pide: Señor, dame esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla. Y el Señor exige una sinceridad y conversión previa antes de dar el agua que calme la sed eternamente.

Con el evangelio de hoy la liturgia nos invita a confesar delante de Dios y a través del sacramento de la Confesión ésas cosas que no están bien: la engañosa estabilidad, la ligereza que no comunica alegría, la desilusión raquítica del corazón para poder decir: "Señor, veo que eres un profeta".

Al final la samaritana se olvida del agua, del pozo, del cántaro. Ahora le preocupa el culto a Dios, después de darse cuenta de lo estéril que es darse culto a sí misma. Y Cristo le descubre que por encima de los montes sagrados lo que el Padre busca es adoradores en espíritu y verdad. A la región exterior, a la teología de superficie que le presenta la samaritana, responde con la religión del espíritu, con la teología de las profundidades divinas. Dios no quiere hipocresías religiosas, sino el corazón del hombre, entregado libremente y con adhesión total.

Y la buena nueva de la presencia del Mesías es anunciada por los labios ¡de una pecadora!, que simple y llanamente se limita a conducir a Jesús a los otros del pueblo, ofreciéndoles su propio doloroso testimonio: Me ha dicho todo lo que he hecho



[1] J.L. Martín Descalzo, Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, Ed. Sígueme, Salamanca 1999. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris