Señor, Señor! te diré,
cumpla yo tu voluntad,
conságrame en tu verdad
y a ti solo serviré.

Tú eres cimiento y mi roca
en que se eleva la casa;
el vendaval no la arrasa
ni el terremoto la toca.
Del Padre tú eres el Sí,
tú eres su fidelidad,
tu Palabra es su bondad,
tenme, Jesús, junto a ti.

Acaso seré profeta,
si tú palabras me das,
pero tú me guardarás
con tu presencia secreta.
Y en tu nombre poderoso
hablaré como tú hablabas,
cuando el perdón proclamabas
y amor misericordioso.

Y acaso me des poder
para curar y sanar,
que es hermoso contemplar
que vives hoy como ayer.
Pero que siempre se vea
que eres tú, resucitado,
el amado y siempre amado,
quien a su Iglesia hermosea.

Yo canto al Predicador
del Sermón de la Montaña;
él es presencia en mi entraña,
él es mi Esposo y Señor.
¡Jesús infinito don,
Verbo de la Trinidad,
gracias por esta unidad
de la santa Comunión! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris