VII Domingo del Tiempo Ordinario (a)

Alguien escribió que nuestra vida de sociedad funciona al estilo del eco, y es verdad. Correspondemos a los otros en el mismo modo y cantidad que ellos nos tratan. Con frecuencia devolvemos atenciones y favores según la medida del “tanto, cuanto”. Lo mismo sucede con lo negativo: cuando nos ofenden, la ofensa queda registrada en nuestra computadora interior y tarde o temprano devolvemos la moneda. Todo el Antiguo Testamento transcurre en un contexto en el que la venganza era algo normal, sin embargo con Jesús las cosas cambian: Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Efectivamente, Dios no envió a su Hijo a la tierra para que nos enseñara una doctrina basada en el “ojo por ojo” o “invitación por invitación” o “tú me diste tanto, yo te devuelvo cuanto”. No. Dios es un río que se desborda, una gratuidad que nos inunda. Los que saben de teología, cuando hablan de la gracia que Dios nos da, dicen que no sólo es suficiente, sino, incluso, sobreabundante. Y todo lo hace Dios así. En la creación, por ejemplo, no puso límite al número de las estrellas: cuenta, Abrahán, si puedes, el número de las estrellas[1]. En la Redención hubiera bastado un pensamiento de su mente divina. Pero Dios no entiende nuestras ecuaciones, justo por eso se rebajó hasta someterse a la muerte y una muerte de cruz[2]. No escatimó nada. San Juan, testigo de la Pasión, nos escribe un detalle fascinante: De su costado salió sangre con un poco de agua[3]. Era todo lo que le quedaba.
Si así actúa Dios en la economía de su reino, sus enseñanzas no podían ser distintas. En el Evangelio de hoy escuchamos aquello de amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen… y entonces quedan rotas nuestras matemáticas y proporciones al tiempo que queda patente que las relaciones entre seres humanos deben estar regidas por el amor, incluido el de los enemigos. El listón es alto y el modelo muy claro: el Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos[4].
Esto exige muchas cosas. Primero, renunciar a la venganza. Incluso a esa venganza disimulada que consiste en despreciar al enemigo. Después, excusar al adversario, tratando de buscar las causas atenuantes de su actuación. “Quien comprende, perdona”, decía Mme. de Stael. Mucho más elocuentes y decisivas son las palabras del Señor en la cruz: Perdónales, porque no saben lo que hacen[5].
Hace falta también, el olvido de la ofensa. Es decir, adoptar la actitud de quien quiere olvidar. Para ello, tratar al adversario sin ningún aire de superioridad que le recuerde a cada paso: “Te perdoné”.
Para reflexionar un poco más el día de hoy –día del Señor- Quedémonos con la pequeña historia que tanto le gusta citar a Cabodevilla.
El rey de un gran y poderoso imperio decidió entregar un brillante de gran valor a aquel de sus hijos que hiciera la hazaña más heroica. El mayor mató a un dragón que asolaba toda la región. El segundo, con una pequeña daga, redujo a diez hombres fuertemente armados. El rey entregó el brillante al más pequeño, que se encontró con su mayor enemigo dormido en el campo; y le dejó seguir durmiendo ¡Gran hombre este hijo pequeño! ■


[1] Cfr Gen 15, 5.
[2] Cfr Fil 1, 7.
[3] Cfr Jn 19. 34-35.
[4] Cfr Mt 5, 45.
[5] Lc 23, 34. 
Ilustración: L'Écho, study for Une Baignade, Asnières (Bathing Place, Asnières). Conté crayon on Michallet paper. 31.2 × 24 cm. Yale University, Art Gallery (Inventory number 1966.80.11).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris