VI Domingo del Tiempo Ordinario (a)

Escribir sobre los fariseos puede sonar divertido la realidad es que resulta difícil ser objetivo: solamente el Señor tenía conocimiento, santidad y autoridad para pronunciarse negativamente sobre ellos. ¿Quién de nosotros –igual que los acusadores de la mujer adúltera- podría sentirse tan libre de pecado como para levantar el dedo acusador y tachar a nadie de fariseo? El mismo Jesús no los acusaba por ser fariseos, sino por su soberbia y arrogancia[1].
Para dejar las cosas en su sitio y captar como es debido las palabras del Señor, es bueno recordar que los fariseos eran un grupo religioso judío, anterior y posterior a los años mesiánicos, cuyo nombre derivaba del hebrero perusin (separados) porque se consideraban a sí mismos, digamos, observantes estrictos de la Ley mosáica y, por ende distinto –y superiores desde luego- del resto de la comunidad. Se trataba, diríamos hoy, de grupo importante de personas más bien honorables, con tintes fundamentalistas, aunque sin llegar al rigor de los esenios[2]. Llama la atención que Jesús no les negó ni el trato ni la amistad a algunos de ellos[3]; San Pablo confiesa con cierto orgullo su condición de hebreo y según la Ley, fariseo[4].
Algo parecido habría que decir de los escribas, especie de intérpretes de la Escritura para asuntos concretos. Profesionales a su modo de la teología y del derecho y enseñantes en la sinagoga, estaban alineados ideológicamente, en tiempos de Cristo a los fariseos. El porqué de su hostilidad hacia el Señor lo podemos entender por su oposición a toda novedad y su apego a la letra más que al espíritu, pero sobre todo a su alergia a la salvación universal que irradiaba la predicación del Reino en labios de Jesús mismo.
Con la lectura del evangelio puede venir la siguiente pregunta:¿Contra quienes se indigna el Señor? Sin duda todo parece condensado en esta expresión: Escribas y fariseos hipócritas. Son los intelectuales de salón y a un tiempo los oficialmente buenos, que miran a los demás por encima del hombro criticando la paja en el ojo ajeno desde la viga del propio y están, para colmo, podridos por dentro los que ponen, digamos, nervioso, al Señor y es que la actitud del fariseo falsifica y corrompe las expresiones más puras de la fe y de la religiosidad.
En el Sermón de la Montaña los hipócritas –esta vez no nombra a los fariseos- Jesús desenmascara el ayuno de los de cara triste; la oración de los que rezan para ser vistos y aplaudidos; y la limosna al son de trompeta, por las calles y las plazas. Lo (propio) del cristiano es más bien orar a solas, ayunar bien peinados y con porte impecable, y dar con la mano derecha sin que se entere la izquierda. El fariseísmo falsifica el bien y luego reclama cínicamente para sí los honores debidos al otro.
Fariseísmo –es útil que lo entendamos bien- es la autosuficiencia ante sí mismo, ante Dios y ante los hermanos. El típico fariseo peca por partida triple y miente, porque él no es nadie, ya que todo lo que tiene es de Dios, y porque el pecador de al lado es más grande que él ante los ojos divinos. Uno entiende la cólera del Señor ante el imperio de la mentira, ante la dureza de corazón, ante la vuelta del revés de la jerarquía de valores, y ante la pretensión de unos ciegos que guían a otros ciegos, erigiéndose en maestros de los demás, imponiendo cargas terribles sobre los hombros de los débiles, escandalizando a los pequeños y pervirtiendo a los que los siguen. Terrible éste capítulo de san Mateo, una de las páginas más duras –si no es que la más- de los cuatro evangelios.
Y atención, porque puede darse entre nosotros un fariseísmo parcial, light, pero que se cuela hasta los lugares más sagrados, las conductas más correctas, los empeños nobles, y las instituciones venerables. El fariseísmo es una enfermedad de la religiosidad, y busca su caldo de cultivo en aquellos escenarios y ambientes donde se cultiva la virtud: conventos, parroquias, obispados, asociaciones cristianas, familias creyentes y practicantes.
Vamos a ser honestos: ¿A quién no le roza el interés por quedar bien, quizá con mayor fuerza que el de hacer las cosas bien? ¿Quién está exento del gusto por los primeros puestos o del malestar porque otros los ocupen? Todo eso es muy humano, y Dios lo comprende y perdona, pero hemos de reconocer que es fariseísmo y que nos hace daño.
Con la Eucaristía de éste domingo pidamos todo lo que queramos, pero especialmente que nos libre de la burda mentira de hacer el bien para que nos vean los hombres. Qué difícil –son palabras del Padre Rahner- sacar de nuestras pobres vidas algo sin la menor escoria de egoísmo, sin la búsqueda de autosatisfacción o de imagen, que suba, limpio y directo hasta el trono de Dios[5].
Que el Señor con sus palabras cribe nuestro trigo de nuestra paja, funda nuestra escoria con su oro y nos ayude a ver el límite de la verdad y  de la trampa. El fariseísmo no es la tentación de los ateos recalcitrantes ni de los pecadores empedernidos. Aunque sea en sus versiones más benignas, pero siempre dañinas, nos acecha a cada uno cada mañana desde que suena el despertador ■



[1] Cfr Antonio Montero, Arzobispo de Mérida-Badajoz. 
[2] Los esenios (del griego «Εσσηνοι», «Εσσαιοι» o «Οσσαιοι»; Essinoi, Esenios, Ossa) eran una secta judía del siglo I, cuyo origen se remonta, probablemente al siglo II a.C., tras la revuelta macabea. Fundamentalmente Eran un grupo de ascetas que vivían aislados en comunidades separadas. Según The Interpreter’s Dictionary of the Bible, los esenios eran aún más exclusivos que los fariseos y “a veces podían ser más farisaicos que estos mismos”.
[3] ¿Nicodemo? ¿José de Arimatea?
[4] Cfr Fil 3,5.
[5] Karl Rahner S.J. (1904–1984) fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX. Su teología influyó al Segundo Concilio Vaticano. Su obra Fundamentos de la fe cristiana (Grundkurs des Glaubens), escrita hacia el final de su vida, es su trabajo más desarrollado y sistemático, la mayor parte del cual fue publicado en forma de ensayos teológicos. Rahner había trabajado junto a Yves Congar, Henri de Lubac y Marie-Dominique Chenu, teólogos asociados a una escuela de pensamiento emergente denominada Nouvelle Théologie.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris