Dos amores fudaron dos ciudades. 
El amor propio hasta el desprecio de Dios fundó la ciudad eterna. 
Y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo fundó la ciudad celestial. 
La primera se gloría en sí misma y la segunda en Dios. 
Porque aquel que busca la gloria de los hombres 
y ésta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de la conciencia.

San Agustín, La ciudad de Dios. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris