Solemnidad de la Natividad del Señor

La liturgia de la misa de Navidad canta éste día aquello tan entrañable del profeta: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]. Y estas palabras, que nos introducen en el gozo de la fiesta, sirven también sin duda para interpretar su misterio. La Navidad aparece así, de pronto, como un don de Dios, el mayor de todos porque nos da a su propio Hijo[2].

Hoy, al celebrar el nacimiento de Jesús en Belén cantamos que Dios está de nuestra parte. Queremos decir que ya no es un Dios lejano y frente a nosotros para juzgarnos, sino el Dios-con-nosotros y en favor nuestro: el Emmanuel. En Jesucristo y por Jesucristo ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo[3].

Todo cuanto los hombres podamos imaginar o decir acerca de Dios por nuestra cuenta no significa nada, no vale nada. Porque a Dios nadie lo ha visto nunca y es inaccesible a todas las especulaciones humanas, de manera que sólo podemos conocerlo si Él nos habla y nos dice quién es y qué quiere ser para los hombres.

A diferencia de la religión o la filosofía, que pretenden escalar el cielo y sorprender a Dios en su misterio, el evangelio es la buena noticia de que Dios ha querido bajar a la tierra para sorprendernos a todos con su palabra.

Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, la Palabra y la presencia de Dios en el mundo, la revelación de Dios. Ahora podemos conocerlo. Por medio de esta Palabra, que confunde a los sabios y llena de gozo a los humildes. Dios se comunica a los creyentes. Cuantos reciben esa Palabra reciben al mismo Dios y son hijos de Dios, entran así por la fe en el ámbito de una solidaridad y de una convivencia divina que es pura gracia y no depende en absoluto de los vínculos de la carne y de la sangre.

Y la comunión con Dios en Jesucristo nos advierte que debemos configurar nuestras relaciones humanas según el modelo de nuestras relaciones con Dios. Porque a veces parece que la vida consiste en comprar y vender, el hablar de esto y de aquello, y no alcanzamos a ver que la gracia y la misma felicidad, es dar y recibir y hablar con todos, de modo que lo que llevamos entre manos y en la boca no tiene sentido alguno si no es un pretexto para el amor y el encuentro de las personas. Si queremos humanizar la convivencia, habrá que descubrir de nuevo la importancia del don y la palabra.

Hoy es un buen día para dejarnos sorprender y para sorprender a los demás con nuestro amor en la vida cotidiana. Es Navidad. Si Dios nos ha dado a su Hijo –su Palabra- si se ha acercado a todos nosotros y nos ha sorprendido con su amor, también nosotros debemos acercarnos los unos a los otros para convivir fraternalmente.

Es Navidad, el adviento de Dios que se aproxima a los hombres con su don y su Palabra, con el regalo de su Hijo.

Es Navidad: hoy Jesucristo, el Hijo del Dios vivo toma nuestra vida para darnos la suya ■


[1] Is 9, 1-7.
[2] Misa del día.
[3] En la Oración Colecta diremos que Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana. Más adelante, en la Oración después de la Comunión, diremos que nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris