IV Domingo de Adviento (a)


En algunos lugares, además del IV Domingo de Adviento y por una feliz coincidencia se celebra también la fiesta de la Virgen de la esperanza, a la que el pueblo le ha dado el nombre de María de la O, aludiendo a las antífonas del breviario que en estos últimos días de adviento comienzan con dicha exclamación[1]. Las lecturas de este domingo están llenas de textos referentes a María, la madre del Emmanuel. La Virgen María es la figura más representativa del adviento, mucho más que el gran profeta Isaías o Juan Bautista que ha sido llamado el Precursor. Todas las esperanzas de Israel y todas las promesas de Dios fueron a parar a las entrañas de la niña de Nazaret y en ella se cumplieron todas las palabras al hacerse carne la Palabra de Dios. María, la Virgen de la Esperanza, es la figura más hermosa de la Iglesia en la que continúa el misterio de la encarnación y de la expectación del parto hasta que llegue la venida del Señor.

Este domingo nos trae muchas enseñanzas y está cargada de significado, pero hay una que llama especialmente la atención: Dios salva a los hombres contando únicamente con una mujer hija del pueblo –con una muchacha que sólo puede ofrecer una gran disponibilidad- y con su esposo José, el varón justo

María concibe un hijo sin obra de varón, sin arte ni parte de José, que era su esposo. Dice el evangelio que José no quiso denunciar a su esposa y prefirió dejarla en secreto. José no podía comprender lo que veía con sus propios ojos, pero tampoco podía dudar de la honestidad de su esposa y mucho menos condenarla. La conocía bien, la amaba. José era un hombre justo; es decir, un hombre que no sospecha de todos y de todo, que no juzga lo que no comprende en los demás, que respeta, que deja vivir y no se mete en lo que no le llaman. Por eso se retira en silencio y da lugar al misterio, no interviene y aguarda hasta que sea llamado.

A veces la vida nace al margen de la ley: José era el cabeza de familia, en cierto modo la autoridad de la casa; María, en cambio, ocupaba el lugar que el pueblo sencillo ocupa siempre en la sociedad. Y sucedió allí lo que sucede aquí tantas veces: que la esperanza trabaja sin que la autoridad se entere, que la promesa discurre al margen de la ley, que la vida se engendra en las entrañas del pueblo y nace el Deseado por pura gracia de Dios y sin obra de varón. Lo cual vale también para la iglesia de todos los tiempos, cuyo prototipo es la Virgen de la Esperanza, y en la que el espíritu nos sorprende actuando en medio de los humildes y a veces en contra de los planes de la propia jerarquía.

La autoridad y la ley deben estar al servicio de la vida: Los que tienen autoridad parece que están convencidos de que ellos son los artífices de la salvación del pueblo. Se resisten a aceptar lo que nace en la base sin su iniciativa. Con lo cual siguen muchas veces el ejemplo de Herodes, en vez de seguir el ejemplo de José y así ahogan la esperanza en vez de secundarla. Ocurre también que se apropian los hijos que no han parido ni engendrado y capitalizan -¡qué palabra tan terrible!- la esperanza que trabaja en las entrañas del pueblo.

José, el hombre justo, se comporta de muy distinta manera. Primero respeta lo que no comprende y después protege la vida que ha nacido en María sin su cooperación. Después da nombre al hijo de su esposa, no el que a él le gusta, sino que le llama Jesús, como le había sido revelado. José se pone enteramente al servicio de la salvación que Dios opera en María.

Tres palabras para meditar a lo largo de éste día: respeto, compresión y obediencia. Que San José interceda por nosotros para poder hacerlas vida en nuestra vida ■


[1] Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magníficat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador. Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores». Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T. Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven» Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris