El Verbo se hizo carne en ti, María,
oh tierra virginal de nuestra tierra,
Esposa del Espíritu divino,
divina Madre, Madre verdadera.

Tan solo lo asumido fue salvado;
por eso, Santa, en ti todo se encierra,
en ti, de cuya sangre el Unigénito,
tomó la raza humana toda entera.

Cuando él bajó a tu vientre y se hizo tuyo,
cuando él puso en tu nido su pureza,
cuando él vino a nosotros por tu parto,
en ti se reveló la Gloria excelsa.

¡Oh santa Madre, Virgen incorrupta,
oh puerta de la vida, Madre nuestra,
oh historia de Israel, que en ti termina,
oh Madre de Belén, que nos lo entregas!

En ti las profecías se han cumplido,
en ti todo lo humano alcanza meta,
y Dios, el Salvador, a ti desciende,
y en ti tu Creador la vida empieza.

Altísimo Señor, Hijo Unigénito,
nacido de mujer, la nueva Eva,
la Iglesia con María te bendice,
¡oh sumo bien que cielo y tierra llenas! Amén
P. Rufino Mª Grández, ofmcap,  
Jerusalén (Convento de La Flagelación), 1 enero 1987.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris