XXXIII Domingo del Tiempo Odinario (C)

No cabe duda de que hay algo más más peligroso para la fe que la persecución cruenta y las célebres palabras de San Ambrosio lo explican bien: “Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que ahora que nos protegen”. En menos palabras: las situaciones de calma, en las que el culto y el funcionamiento interno de la Iglesia no sufre dificultades sino que más bien son protegidos, son propicias para convertir el cristianismo en algo descafeinado ó ligth que no quita el sueño ni pone nervioso a nadie. En cincunstancias así la inercia misma nos lleva –a todos- a la tentación de sentarnos a ver la vida pasar, de interesarnos por la Iglesia –si es que nos interesa- posponiendo la preocupación por el servicio; poniendo el objeto de nuestra misión en nosotros. Al final se termina discutiendo por una genuflexión de más o una sotana de menos. Presentamos un Cristo obsesivamente preocupado por las arrugas de su túnica o el arreglo de su pelo. Algo ridículo e hiriente en un mundo cargado de graves y vitales problemas.

Entonces ¿cómo evitar las consecuencias de la calma? ¿Cómo avivar  mutuamente la fe sacudiéndonos la rutina y el tedio? Al hilo de la liturgia de la Palabra de éste domingo, el XXXIII del Tiempo Ordinario, es bueno recordarnos entre todos la perseverancia en el compromiso y, sobre todo, redescubrir comunitariamente que estamos llamados a servir a y en la Iglesia.


Hoy por hoy es necesario que la sal siga siendo sal y la levadura haga fermentar la masa y no sea ahogada por ella[1]. La exigencia de una conversión permanente es más necesaria que nunca porque el anuncio del Reino viene precedido de una llamada a la conversión. No es ningún secreto para nadie que ninguno podemos ser liberadores si antes no nos hemos esforzado personalmente en ser libres. Este era el criterio de la Asamblea de Medellín[2]: “Para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el Reino de justicia, de amor y de paz. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio, sepan ser verdaderamente libres y responsables”. El objetivo de la conversión permanente no es ella misma, sino una verdadera disponibilidad para el amor.

La fe que profesamos -porque la recibimos en el Bautismo- y que practicamos domingo a domingo es la que nos mueve –o debería movernos- a un profundo amor al hombre y al mundo. No olvidemos que la autenticidad de nuestra fe se mide por nuestra donación a los hermanos. Este es el test del cristiano. Una comunidad cristiana introvertida, narcisista, replegada sobre si, ya no sería la iglesia de Jesús, sino un círculo de hombres que coinciden en sus egoísmos. Terrible panorama.

Constituir en Iglesia es comprometerse a servir. Ser Iglesia no es ser socio de una entidad religiosa en la que se nos ofrecen seguridades para el tiempo y la eternidad, previo pago de ciertas imposiciones. Ser iglesia es construir con otros creyentes una fraternidad en que todos comulguen con la misma esperanza, movidos por el mismo amor que lleva darse a los demás.

En las situaciones grises y exteriormente calmadas hemos de revisar nuestra fe y ver si realmente crecemos junto a la verdadera vid, Jesucristo, y en el servicio a los demás. En menos palabras: Señor, creemos pero aumenta nuestra fe


[1] Cfr Mt 5, 13.
[2] II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris