Vendrá la muerte un día,
belleza del ocaso,
y tras la muerte Cristo
me acogerá en sus brazos.

Que crezca la esperanza,
que alaban los cristianos;
es breve la fatiga
y eterno es el regalo.

Y tú serás mi vida,
mi gozo consumado,
y eternamente el pobre
descansará a tu lado.

Oh fiel Señor, oh Cristo,
que en cruz nos has salvado,
bendito con los tuyos,
por siempre tus amados. Amén  
Rufino M. Grández, capuchino, 
Belén, septiembre 1984

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris