I Domingo de Adviento (A)

El tiempo que comenzamos éste domingo se llama Adviento, y está caracterizado por la espera humana del Salvador, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos y nos pone frente a la venida última del Señor. Los dos advenimientos –la Encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente: en la celebración litúrgica no es posible proclamar el Génesis sin evocar en filigrana el Apocalipsis”[1].

Decía san Cirilo de Jerusalén que hay dos venidas (del Verbo): una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[2]. Los cristianos tenemos que vivir forzosamente en un constante "estado de espera", volviendo la mirada hacia estas dos venidas. San Mateo lo dice con un verbo que en castellano tiene mucha fuerza: velad. No es posible programar, pronosticar la llegada del Señor –tanto la primera como la última- porque es sorprendente, imprevista, imprevisible. Solamente el estar en vela, atentos, permite no ser sorprendidos y al mismo tiempo ser contemporáneos de esta doble venida.

El sueño nos hace ausentes, lejanos. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

En el evangelio de hoy el Señor habla de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, fueron sorprendidos por el diluvio. Una advertencia más bien inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirse ajenos, el entender la salvación como algo que no nos concierne; no sabemos qué hacer con ella. Adviento es espera, y esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡la urgencia!- de la conversión. Adviento significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparnos de lo fundamental, dejando a un lado lo accidental ¿entendemos ésta diferencia?

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas, con la mentira, la hipocresía, la vanidad. Los cristianos velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor sino porque queremos que cuando se presente –y será de improviso, de eso es quizá de lo único que podemos estar seguros- nos encuentre comprometidos, trabajando, en medio de una alegre fraternidad[3].

Adviento es pues tiempo de silencio y preparación, tiempo de reflexión y examen de conciencia, tempo para que la fuerza de lo que esperamos nos ayude a ser la imagen misma de lo que decimos, de lo que parecemos y de lo que predicamos, similar a aquella entrañable conversación entre el Rey Lear y el Conde de Kent disfrazado:

-Rey Lear: “¿Quién eres tú?”
-Conde de Kent: “Un hombre, Señor”
-Rey Lear: “¿En qué te ocupas?”
-Conde de Kent: “En no ser menos de lo que parezco”[4]


[1] A. Nocent.
[2] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315-386) fue un obispo griego y es venerado como santo tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa. En 1883 fue declarado doctor de la Iglesia.
[3] A. Pronzato, El Pan del Domingo, ciclo A, Edit. Sígueme, Salamanca 1988, p. 12.
[4] El Rey Lear (King Lear) es una de las principales tragedias de William Shakespeare, fue escrita en su segundo periodo. Comenzó su redacción en el año 1605 y fue representada por primera vez a fines del año siguiente. Su fuente principal es una obra anterior, King Leir (representada en 1594 e impresa en 1605), y ambas son deudoras de la fuente principal, la Historia Regum Britanniae escrita hacia 1135 por Godofredo de Monmouth, de raíz netamente céltica. Su tema principal es la ingratitud filial aunque también trata de la vejez y de la locura.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris