Custodio de la belleza,
santo tiempo del Adviento,
rásguense las profecías
para decir su secreto.

Era el Dios enamorado,
que descendía del cielo,
y a la brisa de la tarde
compartía sus anhelos.

Era el Dios de los caminos
de patriarcas andariegos,
que de Oriente hacia Occidente
Dios caminaba con ellos.

Era voz de los profetas,
Dios de amor y Dios de trueno,
quien al final se rendía
porque era Dios todo tierno.

Era Dios de nuestra historia,
que jamás quedó en silencio,
y una palabra anunciaba,
en la carne de su Verbo.

Rasgaos las profecías,
promesas de viejos tiempos:
Dios es santo, Dios es fiel,
Dios amor viene al encuentro.

Danos, Jesús, entender
el Libro que abre sus sellos:
tú, Jesús, Alfa y Omega,
eres el Dios descubierto.

¡Gloria en el trono divino,
y a Dios nuestro acatamiento,
a ti, Dios de nuestros Padres
oblación y amor eterno! Amén.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris