XXVI Domingo del Tiempo Odinario (C)

Después de escuchar la parábola del evangelio viene a la memoria ese pasaje de la versión musical de Los Miserables de Víctor Hugo[1], en que el protagonista, huyendo de los que le persiguen, se acoge en la casa de un obispo. Este le recibe con toda caridad cristiana, le da de cenar y un lecho para pasar la noche. Pero aquel le roba las copas de plata. Es detenido y le llevan al buen obispo. Es el momento en que este dirá a los guardias que él mismo le había regalado las copas de plata; más aún, que el mendigo se había dejado en su casa lo  más valioso, dos candelabros de plata. Llama la atención que en una manifestación cultural reciente la Iglesia y sus obispos queden bien, y aunque no es el tema que nos ocupa, salta a la vista rápidamente y encaja con lo que el Señor nos dice éste domingo es el contraste entre el obispo francés y el rico de la parábola que banqueteaba espléndidamente y no se apercibía de que, a la puerta de su casa, estaba otro hombre al que no le llegaban ni las migajas que caían de  la mesa de sus banquetes.

Había una vez un hombre rico... Con la sencillez de una parábola el Señor denuncia de forma dramática el eterno problema de los hombres, su división en ricos y pobres. Más aún, denuncia, sobre todo, la situación y la indiferencia de los ricos hacia los pobres. Con cuatro pinceladas –vestía de púrpura, banqueteaba, desperdiciaba las migajas, no hacía caso del pobre- hace un perfecto retrato de aquel hombre. Tampoco Amós, en la primera lectura, se queda corto al describir la soberbia y autosuficiencia de los ricos de Israel.

No entenderíamos, sin embargo, la enseñanza de Jesús, si nos quedásemos, como frecuentemente se hace, con ciertos detalles de la parábola, que no alteran en nada su mensaje. A veces se ha pretendido interpretar que los ricos, que lo pasan bien aquí, se irán al infierno cuando mueran, y que los pobres, que lo pasan mal aquí, luego de morir irán directo al cielo. Y eso no es lo que Jesús quiere dar a entender. La distinta suerte en la otra vida del rico y del pobre es sólo un recurso para demostrar de qué distinta manera ve Dios la desigualdad entre los hombres. Pero de ninguna manera quiere decir que los pobres se conformen siendo pobres, que ya les llegará su turno en el cielo.

El sentido de la parábola va mucho más allá, no es solamente brindar consuelo a los pobres, sino avisar a los ricos y más aún, a los que ponen su confianza y su gloria en las riquezas y en el poder que de ellas obtienen, lo desordenada de su conducta.

Quizá no siempre la Iglesia haya tenido el mismo coraje para denunciar la injusta distribución de la riqueza. Pero en la historia de la Iglesia nunca han faltado voces proféticas, que han denunciado la orgía de los disolutos, por decirlo con las mismas palabras del profeta. Buena prueba de ello son los testimonios de los santos Padres. Aunque no son los únicos. Ni son una excepción. En este sentido la doctrina social de la Iglesia, de acuerdo con la conciencia social de otras iglesias y de otros muchos hombres, lleva más de un siglo repitiendo la denuncia de Jesús, y tratando de clarificarla de acuerdo con las nuevas y cambiantes situaciones. En todo caso, en la Iglesia y fuera de ella, son muchos los que están profundamente convencidos de que la desigualdad no puede perpetuarse y que hay que tomar medidas para acabar con la injusticia social.

Ante el desafío de la desigualdad hiriente, del escándalo de la pobreza y del hambre, los cristianos no podemos cruzarnos de brazos. La consigna de san Pablo –de practicar la justicia y la religión- enlaza con toda la tradición del Antiguo Testamento, principalmente los profetas, y con la mejor tradición del Nuevo Testamento. No es casualidad esta asociación entre la justicia y la religión, como no lo es la asociación que Jesús hizo entre el amor a Dios y al prójimo. Y es que no se puede llamar de verdad a Dios "padre" y al mismo tiempo negar lo que dicen nuestros labios, tratando a los hermanos como desconocidos y menos aún con desprecio o indiferencia.

Las palabras del Señor en el evangelio ¿nos sirven de aviso? ¿nos estimulan y comprometen en la causa de los más pobres, de aquellos que tienen menos, de aquellos a quienes la sociedad rechaza? Comprometerse en la causa de los pobres no es solamente asistir una vez al año a una labor social para después aparecer sonriente en revistas de papel couché con playeras con logotipos vistosos y frases redondas que tranquilizan la conciencia hasta la Semana Santa del año sguiente. Comprometerse con los pobres tampoco es valerse de ellos –de los menos favorecidos- para atraer a los más jóvenes. Comprometerse con los pobres es dar el propio tiempo y recursos, es dar la atención y la comprensión a ése con cara de tonto y depresivo pero que es un hombre que su mujer admira y quiere, y que sus hijos le ven como un dios; es pasar tiempo que ésa vecina o compañera de trabajo que no va a Misa, ni reza el Rosario, y cree que las epístolas son las mujeres de los apóstoles pero que se está medio-matando por sacar adelante a su familia, que ha llevado una separación sin histerias, sin victimismos, que tiene unos detalles con los suyos maravillosos y que necesita el calor y comprensión de nosotros, católicos.

Cualquier cosa que hagamos por ellos y con ellos, es como si la hiciéramos por Jesús y con él. Este es también el gesto y el sentido de la Eucaristía que celebramos domingo a domingo. Partimos el pan y la palabra de Dios en señal de que estamos dispuestos y repartimos el Pan y la Palabra, la comunicación de bienes con todos los hombres y entre todos los pueblos ■


[1] Los miserables (título original en francés: Les Misérables) es una de las novelas más conocidas del siglo XIX. Publicada en el año 1862, esta obra romántica fue escrita por el novelista francés Víctor Hugo. La novela transcurre en Francia, en ambientes rurales y capitalinos. Narra las vidas y las relaciones de varios personajes durante un periodo de veinte años, a principios del siglo XIX, en los cuales transcurren las Guerras Napoleónicas. Principalmente se centra en los esfuerzos del protagonista, el ex-presidiario Jean Valjean, por redimirse, pero también analiza el impacto de las acciones de Valjean a través de reflexiones sobre la sociedad. La obra razona sobre la naturaleza del bien, el mal, la ley a través de una historia que abarca y expone la Historia de Francia, la arquitectura de París, la política, la ética, la justicia, la religión, la sociedad y las clases y la naturaleza del amor romántico y familiar. Víctor Hugo se inspiró en Eugène François Vidocq, delincuente que acabó siendo policía y creador de la Sûreté Nationale francesa, para la creación de los dos personajes principales de la novela. Los miserables es muy conocida por sus numerosas adaptaciones para la pantalla y el teatro, de las cuales, la más famosa es el musical para teatro del mismo nombre.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris