XXV Domingo del Tiempo Odinario (C)

Han pasado unos veintisiete siglos y sin embargo conocemos bien las circunstancias de su predicación. Es probable incluso que podamos conocer el día en que aquel pastor judío, llamado Amós, se sintió llamado a iniciar su predicación[1]. Amós es el primer profeta del pueblo judío, y hoy volvemos a escuchar su voz en la liturgia de la Palabra. La pregunta salta rápidamente ¿es solamente un recuerdo histórico o tiene aún validez?

En el día a día de la Iglesia hay quien, al escuchar ciertos sermones o encontrase con ciertos textos, protesta afirmando que se trata de demagogia e incluso de comunismo; de algo revolucionario que no es ni siquiera cristiano. Hay quien dice que viene a la parroquia a escuchar la Palabra de Dios y no temas, digámoslo así, de política. Bien, pues Amós se encuentra entre los libros canónicos de la Sagrada Escritura y por tanto la suya es Palabra Dios, palabras de una violencia sin contemplaciones, de una radicalidad absoluta. Si esto es demagogia o es política, vamos a decir de una vez que es la demagogia y la política de Dios. Y es que Amós no mide el tono de sus palabras: ataca frontalmente a los ricos que explotan a los pobres; llama vacas a las mujeres que exigen a sus maridos ricos más dinero ganado a base de exprimir al débil[2]; no teme denunciar la corrupción de los jueces que se dejan comprar y protesta contra las trampas de los comerciantes que se aprovechan de la escasez. Cuatro puntos éstos que pueden servirnos para pensar y examinarnos con calma.

La indignación del profeta llega a su culmen cuando ve que todos estos que viven en el lujo gracias al trabajo de los pobres, pretenden quedar en paz con Dios ofreciendo sacrificios en solemnes ceremonias. En vez de este culto –dice- lo que Dios desea es la práctica de la justicia. Sólo entonces tiene sentido la oración. Porque Dios –dice Amós- no olvidará jamás la injusticia, la opresión, la explotación del pueblo[3].

Esto, que fue dicho y escrito veintisiete siglos atrás no ha perdido su vigencia y su actualidad. Hoy hemos de preguntarnos si, cristianos como somos, tenemos el mismo valor para denunciar clara y enérgicamente la injusticia, la explotación de los que menos tienen, de los que menos han recibido.

La radicalidad de Amós la encontramos también en el mismo Jesucristo. Y quizá de un modo aún más absoluto, con mayor profundidad. Para Jesús el dinero es un amo que esclaviza[4]. La radicalidad absoluta del Señor se sitúa ahí: no habla del buen uso del dinero, porque considera al dinero como un amo que se opone al único Señor, que es Dios. Por eso, para Jesús es necesario escoger: o el uno o el otro. Sólo así es que podemos acércanos con provecho a la parábola –extraña- del evangelio de éste domingo. Parece como si el Señor alabara las trampas del administrador infiel pero la realidad no es que Jesús valore las leyes del dinero sino que para él la riqueza es un engaño. Él no tuvo nada. Por no tener no tenis ni siquiera dónde reclinar la cabeza[5]. De ahí que su razonamiento sea sencillo: si el dinero esclaviza, el único camino de libertad es servir, es liberarse de él sirviendo a los demás.

¿Cómo llevar todo esto a nivel personal? La pregunta es sencilla, aunque no fácil de responder. ¿Qué lugar ocupa el dinero en mi vida? ¿es un dios que me hace hecho su esclavo? ¿el dinero mueve acaso mi manera de vivir, de relacionarme, de pensar? ¿el dinero se ha logrado colar hasta mi espiritualidad? Los seres humanos –los cristianos, en concreto- somos capaces, en nuestra ceguera, en nuestra fatuidad y en nuestro engreimiento por alcanzar la santidad con nuestras propias fuerzas y si nos descuidamos, de buscar la vida espiritual a base de repetir actos perfectos y de relacionar ésos actos incluso con el dinero. Podemos llegar a creernos que vivimos una pobreza hecha de frases preciosas pero ¡ay! sin una vida real que la anime, es decir, una pobreza vivida en casas de lujo, con zapatos de lujo, con sotanas de lujo, con cochera para seis coches, con comidas de lujo, con casas y ambientes de lujo... Si nos descuidamos, los cristianos podemos llegar a creernos que vivimos la caridad, pero hecha de frases conmovedoras de espaldas a los demás, a los pecadores del mundo, a la tristeza del mundo a la miseria del mundo. Que vivimos “en la alegría de hijos de Dios” cuando en  realidad vivimos una mueca autosuficiente y agria con los descreídos, con los ignorantes, con los fracasados, los frívolos, los "malos", una alegría bobalicona, infantiloide, simple como la idiotez. Podemos incluso creernos que vivimos un amor a la libertad y en realidad tratamos mal a los que, en uso de su libertad, se han equivocado, mirándolos con pena, con dolor, como apestados, negándoles el pan y la sal, profetizando lo peor en esta vida, y en la del infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.

Las duras palabras de Amós y la encrucijada que nos presenta el evangelio no son más que el comienzo de una conversación con nosotros mismos, de un examen de conciencia para darnos cuenta dónde tenemos puesto el corazón



[1] posiblemente fue el 15 de junio del año 763 antes de JC (Amós habla de un eclipse de sol y los astrónomos lo sitúan en este día. Amós debió predicar entre el 760 y el 750 a.C.
[2] 4, 1
[3] Cfr 5, 21-25.
[4] Llama la atención que en el texto griego encontramos que el Señor llama al dinero con el nombre del dios griego: Mammón.
[5] Cfr Lc 9, 58. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris