XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (C)





La idea de renuncia y sacrificio con vistas a algo que merece la pena es como el hilo que atraviesa hoy toda la Liturgia de la Palabra, especialmente el evangelio que está formado por las palabras del Señor sobre el seguimiento: la parábola del que pretende construir una torre y la del rey que parte a la guerra[1].

Muchas veces queremos comprender éste pasaje como un simple aviso en torno a las cuestiones materiales o económicas, sin embargo  las palabras de Jesús, como siempre, van más allá. Van en la línea de la renuncia a la propia personalidad, a los propios criterios, a la propia forma de pensar. Ambas parábolas son un aviso a ése deseo que tenemos todos –deseo no del todo sano- de buscar antes que nada la aprobación de los demás.

Humanos al fin deseamos alabanzas y ciertos estímulos sociales, quizá para reafirmar la propia estima, sin embargo ésa búsqueda de alabanzas es un signo casi infalible de desmoronamiento interior: cuanto menos seguros son los fundamentos de un edificio, más necesita que lo apuntalen.

El cristiano no puede ni debe caminar por el camino de la vanidad, de la búsqueda de honores, o de la demasiada comodidad. El cristiano auténtico no puede vivir lejano a la realidad o con formas difícilmente compatibles con la pobreza, con la humildad o con el desprendimiento.

Quien desea encontrar a Dios –o regresar a Dios después de un periodo de lejanía- puede hacerlo a través de prácticamente cualquier cosa, incluso de esas locuras del corazón como decía Bonhoeffer, pero nunca a través de la comodidad, de los honores del mundo, de las mentiras de frases bonitas que narcotizan la realidad.

Al hombre y a la mujer que quieren seguir a Cristo no les basta con dejar lo material, han de dejar también el propio yo. Y es que muy bien podría suceder que, al abandonar sus bienes, el hombre se aceptase a sí mismo y a un ideal, pero no al mandamiento de Jesús, quedando aún más prisionero de sí mismo en lugar de verse liberado.

Lo que Pedro dijo al negar a Cristo -no conozco a ese hombre- es lo que debe decir de sí mismo el que sigue a Jesús. La negación de sí mismo no consiste en una multitud, por grande que sea, de actos aislados de mortificación o de ejercicios ascéticos; tampoco significa el suicidio, porque también en él puede imponerse la propia voluntad del hombre. Y es que la suma de actos perfectos no hacen un hombre prefecto; no lo olvidemos. Se puede vivir dentro de una abadía o rodeado de personas maravillosas y al mismo tiempo ser alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, acortezado en su mal carácter, engreído, agrio, y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo.

Negarse a sí mismo es conocer sólo a Cristo, no a uno mismo; es abrirse a los demás. Negarse a uno mismo significa fijarnos sólo en aquel que nos precede, no en el camino que nos resulta tan difícil[2]



[1] Lc 14,25-33.
[2] D. Bonhoeffer, El Precio de la Gracia, ed. Sígueme, Salamanca 1968, pp. 75 y 79 s

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris