XI Domingo del Tiempo Ordinario


Siempre me ha llamado la atención el que los evangelios subrayen la sencillez y facilidad con el Señor perdonaba las debilidades, es decir, el que no fuera por el camino condenando a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero es significativo que no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos y sacerdotes de la Ley. Era como si los llamados pecados de la carne y cosas así el Señor las viera y comprendiera como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce. El fariseo –y me da la impresión de que eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era en cambio como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpito, pero ¡ay!, estaba envenenado.

Graham Green solía decir que si viéramos el fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas[1]. Pienso lo mismo. Ni quienes estamos aquí ni quienes estuvieron allí –excepto Jesús- conocemos el fondo del alma de aquella mujer, aunque se intuye. San Juan María Vianey decía que si uno se viera sin máscara, moriría. La idea da mucho qué pensar... ¿Por qué si nos viéramos sin máscara moriríamos?, ¿porque nos veríamos deformes y espantosos?, ¿porque dentro de la máscara sólo encontraríamos vacío?

Hace muchos años –uno caminaba por otros caminos y convivía con otras personas- conocí a un tipo (ahora tiene un video en Youtube y todo) que se tenía por muy listo. Era hombre de sentencias, muy gentleman y que se escuchaba a sí mismo. Le gustaba, antes de echar unas perlas, levantar el dedo índice en un silencio que anunciaba que pronto se iba a hacer la luz en nuestras torpes inteligencias. Una de sus sentencias era la siguiente: “Yo creo que hay tres tipos de gente lujuriosa. El lujurioso per se, que es aquel que aunque se le invite a medios de formación, es lujurioso. El lujurioso per accidens, que es aquel que es más o menos buena persona pero que “se pone en ocasión de pecado” (¡ay infeliz expresión!) y termina sucio. Y el lujurioso esférico, que es aquel que, se mire por donde se mire, es un lujurioso”. Era una boutade, supongo. La realidad es que no existe nadie esférico. Es muy difícil ser esféricamente malo, o esféricamente soberbio, o esféricamente vanidoso, o esféricamente tonto. O lujurioso.

¿A dónde voy con todo esto? A decir algo sencillo y a la vez complicado: la moral sexual no lo es todo en la vida del cristiano, ni siquiera lo más importante, aunque haya quien lo llegue a afirmar e incluso haga del sexto mandamiento el primero.

Una de las grandes debilidades de algunas espiritualidades nacidas durante el siglo pasado fue haber sacrificado la estética a la moral y haber puesto casi exclusivamente el acento en la oposición entre el bien y el mal, haciendo así sufrir a generaciones y generaciones de personas formándolas en el miedo. Se insistió tanto en sólo ver a un Dios Bueno que se olvidó que Dios es también Belleza, Orden, Alegría.

Durante muchos años no se ha enseñado a ver que también hay una oposición, importantísima para la moral, entre lo bello y lo feo. En la moral el gusto y el respeto por la belleza juegan un papel esencial. La gente más noble es aquella que tiene una adecuada estética de la vida: el bien es objeto de contemplación, a la vez que de acción. Son hechos que se pueden contemplar. Y el mal lo evitan no por el castigo que pueda atraer sobre ellos, sino porque su fealdad les resulta inaguantable. Por eso los pecados hechos por debilidades afectivas, por pasión, o por amores confundidos se perdonan con tanta facilidad… es desorden, pero algo les hace comprensibles a Ojos que miran con Cariño.

Una virtud muy alta aparece siempre radiante de belleza, lo mismo que una obra de arte. Te eleva, te hace querer ser mejor, te impulsa, te conmueve en lo más profundo. No somos mejores porque tengamos cosas muy caras, ni complementos que demuestren mi calidad. No. Eso son las máscaras. Desde esta perspectiva, cuando uno hace cosas buenas no se preocupa de la sanción, se siente atraído por el bien con la misma atracción irresistible que produce una buena pintura, una buena música, ¿quién comparó el amor como una fuerza irresistible como irresistible es la belleza de la música?

Cuando la moral se mueve únicamente entre el bien y el mal y además se pone el acento solamente en el tema de la sexualidad, uno termina moviéndose de un modo algo vulgar, ordinario y utilitario. Busca hacer el bien para obtener una recompensa, o no llamar la atención, se mimetiza al grupo, a los lugares comunes, a lo que en esos momentos es convencional. Y evita el mal para no sufrir el castigo, o por cobardía, por cansancio… porque para hacer el mal hay que poner empeño.

Vistas las cosas así el Evangelio entero es de una belleza conmovedora: todo en él, palabras, imágenes, gestos y tipos humanos se miran con un respeto, una sencillez y una alegría que cautiva. La mirada de Jesús sobre todos y cada uno de los personajes es la mirada del que ve cosas hermosas, gestos hermosos, personas que reaccionan de una manera que se puede contemplar… y también es la mirada que ve cosas feas, gestos feos, personas que hacen cosas feas que no merecen ser contempladas. Curiosamente, estas últimas solían disfrazarse de bondad, de virtud, de honores… y lo que para el común de los mortales de la época eran personas feas –prostitutas, ladrones, bribones como Zaqueo-, para Él no lo eran tanto. Mientras que los guapitos, los listos, los cumplidores de filacterias a esos…a ésos los veía más bien feítos.

La sexualidad es un asunto muy complejo, muy personal y conviene que esté donde tiene que estar, que es en las raíces. Sacralizarla, tomarla demasiado enserio y como decíamos antes, hacer del sexto mandamiento el primero, es un error grave. Vivimos en un cuerpo, cada uno el suyo, y cada uno con su carácter, sus afectividades, sus sensibilidades y sus rarezas. La sexualidad se concreta en cada uno de modos muy diferentes de acuerdo a su género, condición y vocación y no siempre sabemos el por qué de todos esos modos. A la sexualidad le afecta todo: el tiempo, la cultura, la música, la religión, la herencia, la familia, la educación, las hormonas, los olores, los colores. Al final del día lo que importa es ponerla en el lugar adecuado y pedir diariamente a ése Señor nuestro que todo lo conoce, todo lo sabe y todo lo puede, la gracia, la sabiduría y la sensatez para vivirla, algunos renunciando a ella propter regnum caelorum, otros viviéndola en la vida matrimonial ■

[1] Escritor, guionista y crítico británico, cuya obra explora la confusión del hombre moderno, tratando asuntos política o moralmente ambiguos en un trasfondo contemporáneo. Greene consiguió tanto los elogios de la crítica como los del público. Aunque Greene estaba en contra de que lo llamaran un "novelista católico", su fe cristiana da forma a la mayoría de sus novelas, y gran parte de sus obras más relevantes (p. e. Brighton Rock, The Heart of the Matter y The Power and the Glory), tanto en el contenido como en las preocupaciones que contienen, son explícitamente católicas.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris