Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Hoy que celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos acercamos respetuosa y silenciosamente al misterio de la Eucaristía y de la Iglesia, o mejor dicho, a la Eucaristía en su calidad de artífice de la Iglesia[1], y le pedimos al Espíritu de Dios su luz para comprender mejor éste misterio. En muchos pasajes del evangelio el Señor habla del pan que se convertirá en su cuerpo y san Pablo afirma que Iglesia es también cuerpo de Cristo. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Qué relación existe entre nosotros, la Iglesia y la Eucaristía que celebramos?

San Agustín adelanta algo: «Es vuestro misterio el que se celebra en el altar del Señor, dado que vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros; vosotros recibís vuestro propio misterio y respondéis: ¡Amén! a cuanto sois y, al responder, lo aceptáis. Se os dice: ¡Cuerpo de Cristo! vosotros respondéis: ¡Amén! Sé un miembro del cuerpo de Cristo a fin de que tu Amén pueda ser verdadero»[2].

Sobre el altar, entonces, se celebra también nuestro misterio y está presente la Iglesia. El amén que pronunciamos en el momento de la Comunión es un dicho a Cristo, pero también es un dicho a la Iglesia y a los hermanos. Hoy más que nunca carece de sentido aquel grito de los años setenta: ¡Cristo sí; Iglesia, no! Si Cristo sí, Iglesia también. Porque afirmar al verdadero Cristo es la fe, es ser Iglesia.

Sabemos que en el altar el Cristo-Cabeza está presente realmente, sin embargo, ¿de qué manera decimos que también la Iglesia está presente en la Eucaristía y que la Eucaristía hace a la Iglesia? La Iglesia se hace presente no en forma real y física, sino de manera mística, en virtud del misterio de su íntima conexión con Cristo, su Cabeza. En el altar, entonces, se hace presente el cuerpo real de Cristo y también su cuerpo místico, que es la Iglesia.

En tres momentos particularmente se capta esta presencia en el altar del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia: en el ofertorio, en la consagración y en la comunión.
El ofertorio es el primer momento en que la Iglesia es protagonista: el cuerpo místico de Cristo se hace presente en el momento en que, a imitación de Jesús, su Cabeza, se ofrece al Padre. La liturgia lo subraya con palabras y gestos apropiados. El pan ofrecido es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Fruto de la tierra porque también la tierra participa en la Eucaristía ya que, obedeciendo la orden del Creador[3], produce el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón. Así en el ofertorio, la Iglesia presenta a Dios la condición humana en toda su realidad concreta, como fue vivida también por su Cabeza Jesucristo en la Encarnación[4].

El segundo momento es la consagración. Pocas veces se habla del significado eclesial de la consagración eucarística. Sin embargo, es allí donde reside el núcleo del misterio. En el momento de la consagración, nosotros, los sacerdotes, espontáneamente nos trasladamos en espíritu al Cenáculo y nos unimos a Jesús.

El tercer momento es la Comunión. La comunión hace a la Iglesia en el sentido que significa, manifiesta y cumple su unidad. Hay un vínculo profundo, a propósito de esto, entre consagración y comunión: Cristo se da a nosotros (comunión), en cuanto antes ofreció Su cuerpo al Padre en calidad de sacrificio por nosotros (consagración).

También nosotros estamos capacitados para darnos y para recibirnos los unos a los otros sólo si antes, con Cristo, nos hemos consagrado en sacrificio por ellos; no se da nada a los otros si no es muriendo un poco, es decir, sacrificándose. En menos palabras y con un acento profundamente parroquial: Si el grano de trigo no muere, si no muere solo quedará, pero si muere en abundancia dará un fruto eterno que no morirá.

Ésta fue la experiencia fuertísima de los orígenes de la Iglesia: la comunidad cristiana sentía que nacía alrededor de la Eucaristía; la Palabra los había convocado, pero era la fracción de pan lo que los unía[5] y hacía de ellos un solo corazón y un alma sola[6]. Alrededor del altar, la comunidad sentía que ella también era como un solo pan formado por muchos granos esparcidos antes en el campo[7]. «En este pan –escribe san Agustín- está grabado cómo cultivar la caridad. Ese pan no se forma con un solo grano; había muchos granos de trigo, pero antes de convertirse en pan estaban separados; fueron mezclados con agua después de ser triturados. Vosotros también habéis sido como triturados precedentemente, por medio del ayuno y de la humillación; a eso se agregó el agua del Bautismo: habéis sido como rociados para tomar la forma del pan. Pero todavía no hay un pan verdadero sin el fuego. ¿Qué significa el fuego? Nuestro fuego es el crisma, el aceite que simboliza el Espíritu Santo. Al agua del Bautismo se agregó entonces el fuego del Espíritu Santo y os habéis convertido en pan, es decir, en cuerpo de Cristo»[8].

Se entiende por qué debe ser así y por qué la comunión eucarística hace a la Iglesia. Cristo que viene a mí es el mismo Cristo indiviso que también va al hermano sentado junto a mí. Por decirlo de alguna manera, él nos ata los unos a los otros en el momento en que nos ata a todos a sí. Aquí reside tal vez el sentido profundo de aquella frase que se lee en relación con los primeros cristianos: unidos en la fracción del pan. Unidos al repartir o, mejor aún ¡al compartir el mismo pan!...

Ya no es posible entonces desinteresarme del hermano no puedo rechazarlo sin rechazar al propio Cristo y separarme de la unidad. Quién, en la comunión, pretende ser todo fervor por Cristo, después de que en casa acaba de herir a un prójimo sin pedirle disculpas, o sin estar decidido a pedírselas, se parece a alguien que se pone en puntas de pie para besar en la frente a un amigo y no se da cuenta de que le está pisando los pies con sus zapatos reforzados[9]. Y que no se nos olvide que la suma de actos perfectos no hace un hombre perfecto. Es bueno tener como en la trastienda del alma la certeza de que los defectos de las personas –que no los propios- muchas veces, son su tesoro. Como las ostras con perlas: sus defectos son su tesoro. Si le quitas a la ostra su defecto te quedas sin perla. Y lo mismo sucede con estos santos tan santos y llenos de vacío, o esos prohombres que no son más que apariencia…las personas realmente admirables, los héroes anónimos, los santos que andan junto a nosotros a diario, lo son por sus defectos junto con su lucha que no hace ruido. Las personas que sólo tienen cualidades son mediocres y, además, son aburridas.

La Eucaristía realiza verdaderamente a la comunidad. Pero enseguida esto nos hace aparecer bajo una luz nueva el otro aspecto, más tradicional, de lo que suele expresarse con las palabras la comunidad hace a la Eucaristía. En la medida en que una comunidad se compromete a hacer su Eucaristía, a hacer la siempre nueva, a invertir en el buen resultado todos los propios recursos, la Eucaristía, a su vez, hará a esa comunidad, es decir la modelará y la renovará cada día. Por eso, es necesario que la comunidad cristiana nunca esté satisfecha con su modo de celebrar la Eucaristía y que trate siempre de mejorarlo, siendo inventiva con respecto a las formas para no caer en la rutina, que a todo lo vuelve opaco y soso.

Ahora, tal vez hemos entendido cuánto hay de verdad en el hecho de decir que en el altar se celebra nuestro misterio y, a partir de ahí, hemos entendido qué hacemos al decir Amén en el momento de la comunión. Decimos Amen , decimos , a Cristo muerto y resucitado por nosotros, pero también a la Iglesia, a toda la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, jerarquía y pueblo de Dios; en la Iglesia, decimos a algunos en modo particular, a quien vive junto a nosotros, a quien nos ama, a quien no nos ama y nos hace sufrir. Y esto porque Jesús nos amó primero, se entregó por nosotros y dijo el potente que nos salvó ■


[1] Cfr. R. Cantalamessa, La Palabra y la Vida-Ciclo B, Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 139-144
[2] Ser. 272; PL 38, 12-46.
[3] Cfr. Gn 1, 11
[4] Valorizar el ofertorio de la Misa significa asumir estos significados, hacerlos conscientes y operantes, poniendo personalmente en el cáliz del Señor nuestras gotas de agua que son los esfuerzos, las pruebas, las alegrías, los proyectos y las esperanzas en alguna Misa, esta ofrenda podría hacerse en forma comunitaria, permitiendo que cada uno formule la propia intención en voz alta antes que el sacerdote las recoja y las presente al Padre, junto con el pan y el vino destinados a convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
[5] Cfr. Hech. 2, 4I ss.
[6] Cfr. Hech. 4, 32.
[7] Cfr. Didaché, 4
[8] Ser. 227; PL 38, 1100
[9]  «Tú adoras a Cristo en la Cabeza –una vez más es san Agustín quien habla- y lo insultas en los miembros de su cuerpo Él ama su cuerpo; si tú te has separado de su cuerpo, él, la cabeza, no. Desde lo alto, te grita: Tú me honras inútilmente.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris