VI Domingo de Pascua (c)

Es inevitable: donde hay diversidad de personas hay diversidad de opiniones, y entonces nace la controversia. En la Iglesia primitiva había una cuestión que fue la manzana de la discordia[1] durante mucho tiempo: determinar si era obligatorio o no el someterse a la ley mosaica, con todas las prescripciones añadidas por la tradición judía. Unos defendían que para quedar justificados y entrar en la Iglesia, era preciso someterse a las leyes hebreas, incluida la circuncisión. Muchos de los nuevos cristianos provenían del judaísmo y para ellos resultaba casi imposible admitir que la ley de Moisés ya no obligaba a los hijos del Reino y entonces luchaban por mantener una serie de prácticas, más o menos extrañas para los gentiles[2]. Otros, con Pablo y Bernabé a la cabeza, pensaban todo lo contrario: los paganos convertidos no tenían por qué someterse a las prácticas de los judíos. Para formar parte de la Iglesia bastaba con el Bautismo, no era necesaria la circuncisión. Las interminables prescripciones de los hebreos no estaban en vigor para los cristianos, pues la ley de Cristo había sustituido a la de Moisés.  Diferencias inevitables con buena intención por parte de unos y de otros con el deseo de hacer lo que Dios quiere, buscando sólo la autenticidad del mensaje de Cristo.

Ciertamente hay algo en común: la búsqueda de la verdad, pero al final hay cosas distintas y se buscan soluciones antagónicas. ¿Qué hacer entonces? En realidad es muy sencillo: aceptar con fe lo que decida la autoridad competente asistida por el Espíritu Santo. Así es como se solucionó aquella controversia (y así se irán solucionando todas las que vendrán después, que serán muchas): El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias[3]

Dios ha querido a su Iglesia jerárquica y no democrática y asistida por el Espíritu Santo pero ¡ojo! ¡Atención! No hay que radicalizar.

El Espíritu Santo es el gran olvidado de nuestra Iglesia, y ese olvido lo estamos pagando caro, porque sin Él y su acción sobre nosotros y sobre la Iglesia no habría religión, sin embargo no hay que irse al otro extremo, es decir, no hay que malentender su intervención. Es una necedad supina afirmar que a los obispos los elige el Espíritu Santo. Ni al Papa lo elige la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. A los unos y al otro los eligen los hombres. Con su ciencia y sus miserias. Es así. Si los eligiera el Espíritu Santo habría que culparlo a Él de los malos obispos. Que los hubo. Y los hay. Herejes, pederastas, homosexuales, asesinos, que de alguno guarda recuerdo la historia, concubinarios, apóstatas[4]. Una cosa es la sucesión apostólica[5] y otra que los elija el Espíritu Santo. La primera es cierta y la segunda falsa. Y la sucesión apostólica no implica santidad ni inteligencia. El Espíritu Santo vela sobre la Iglesia pero no es absolutamente responsable de cada acto de la Iglesia ni de sus miembros, salvo las definiciones ex cathedra de los Romanos Pontífices[6]. Lo correcto es pensar que en el Magisterio de la Iglesia se percibe ¡cómo no! la acción del Espíritu sobre ella, y precisamente por esto le debemos una adhesión cordial y amorosa, sin embargo es absurdo pretender reducir a Dios a nuestras pobres mentes y responsabilizarlo de cada uno de nuestros actos. Es tan infinitamente inmenso que no es que no quepa en ellas es que ni podemos aproximarnos mínimamente a lo que Él es. Por eso se nos reveló. Pero en estas analogías que tenemos que utilizar para aproximarnos al misterio divino bien podemos imaginarnos, ante muchos nombramientos episcopales, al Espíritu Santo frunciendo el ceño y musitando: “ay que ver lo que éstos muchachos han vuelto a hacer...”

Hoy en el evangelio nuestro Señor habla de amor, de un amor que va mucho más allá del mero sentimiento: sólo quien cumple con los mandamientos de la ley divina es quien realmente ama a Jesús. Lo demás es palabrería, una trampa a la que los hombres no escapamos. El ambiente en el que el Señor dice todo ésto es el de la noche de la última Cena. Él se da cuenta de cómo la tristeza se va apoderando del corazón de sus discípulos. También para él eran tristes los momentos de la despedida. Por eso trata de consolarlos con la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador óptimo del alma, que vendrá después de que él se vaya, llenándolos de fuego y de luz, de fuerzas y de coraje para emprender la ingente tarea que les aguardaba: la construcción de la Iglesia. Y será Jesucristo mismo quien los acompañe entonces en las hondas soledades, que luego vendrían; quien les hablaría en las largas horas de las persecuciones y tormentos. La paz os dejo -les dice-, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo.

Vamos a ser honestos: la del mundo es una paz hecha muchas veces de mentiras y convencionalismos, de consensos y cesiones mutuas. Es una paz frágil que intranquiliza más que sosiega. La paz de Cristo, en cambio, es recia y profunda, duradera y gozosa. Por eso, dice a continuación: No tiemble vuestro corazón ni se acobarde. La cobardía no es posible para quien cree en Dios, para quien está persuadido de su poder y sabiduría. El miedo es propio de quien se sabe perdido, pero no de quien se sabe salvado. Que tiemblen los que están alejados de Dios, los que no tienen la seguridad de la esperanza, ni la fortaleza de la fe, ni tampoco el gozo del amor, el Amor de Dios en primer lugar y luego el amor de los hermanos, de la bendita fraternidad cristiana. Aquellos sí tienen razón para temblar y acobardarse, pero los que somos hijos de Dios, no.

Cristianos al fin hemos de caminar alegres por la vida. Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase y aunque arrecie la tempestad en contra de nuestra madre la Iglesia, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre ■


[1] La manzana de la discordia es una referencia a la manzana dorada de la discordia que, según la mitología griega, la diosa Eris (Ερις, ‘disputa’) destinó ‘para la más bella’ en la boda de Peleo y Tetis, encendiendo una egomaníaca disputa entre Hera, Atenea y Afrodita que terminaría llevando a la Guerra de Troya. Así, la «manzana de la discordia» se convirtió en el eufemismo para el centro, núcleo o quid de un argumento, o para un asunto menor que podía llevar a una gran disputa.
[2] Cfr.  A. García-Moreno, El que no me ama, no guardará mis palabras.
[3] Cfr Hch 15, 1-2. 22-29
[4] PASTOR, L. VON, Historia de los papas desde fines de la Edad Media, trad. castellana por R. Ruiz Amado y otros, Gustavo Gili, Barcelona 1910-1961, 39 vols.
[5] En la Iglesia Católica se denomina sucesión apostólica a la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad de los Apóstoles a sus sucesores, los obispos. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena todo su apostolado a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 176)
[6] En la teología católica la infalibilidad del Romano Pontífice constituye un dogma, según el cual, el Papa está preservado de cometer un error cuando él promulga o declara, a la Iglesia, una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de solemne definición pontificia o declaración ex cathedra. Esta doctrina es una definición dogmática establecida en el Concilio Vaticano I (1870). La Infalibilidad pontificia no quiere decir que el Papa esté a salvo del pecado, ni que esté libre de cometer errores. La enseñanza del Papa es infalible cuando es promulgada como solemne definición pontificia, asegurado siempre por la asistencia personal del Espíritu Santo. Esto sólo ha sucedido una vez en el siglo XX, cuando Pío XII promulgó el dogma de la Asunción de la Virgen María, el 1º de noviembre de 1950.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris