La Ascención del Señor (c)

Durante los días anteriores a la Ascensión el Señor va poco a poco preparando a sus los apóstoles: os conviene que yo me vaya, si me amarais os alegraríais de que me vaya al Padre porque el Padre es mayor que yo, no os dejaré solos[1]


Sin embargo aquellos hombres –tan humanos como cualquiera de nosotros- no comprendieron bien sus palabras, y es que querían que estuviera físicamente con ellos para siempre. El motivo era el mismo por el que Pedro temía que sufriese la pasión[2]. Veían en Él –es San Agustín quien lo comenta- un maestro, y un consolador, un protector, pero humano; si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente. Lo cierto es que les convenía a los discípulos –y con ellos a nosotros- ser elevados un poquito y que comenzar a pensar en Él en categorías, digamos, más  espirituales.

Ésta solemnidad de la Ascensión es una buena oportunidad para aterrizar y al mismo tiempo para elevarnos, para darnos cuenta que aunque humanos y llenos de limitaciones, el Reino de Dios hemos construirlo nosotros mismos, que Dios, sí, con su providencia amorosa velará para ayudarnos pero no podemos esperar que sea Él quien saque las castañas del fuego: somos nosotros los que tenemos que hacerlo. Serán principalmente los sacramentos los que nos fortalezcan, nos dan vigor y energía para continuar trabajando en la construcción del Reino. La pregunta fundamental en medio de todo esto es una y es sencilla: ¿estoy dispuesto, o realmente las cosas de Dios tienen poca importancia en mi vida? De la respuesta depende la vida toda.

El momento actual, éste año 2010, es la hora de tomar el relevo que Cristo nos da. Es la hora de la Iglesia y del Espíritu, una Iglesia Santa y pecadora, llena de luz y llena de tinieblas. Es la hora de la madurez.

Pocos días después de celebrar la Ascensión viene Pentecostés, recibiremos el Espíritu Santo con sus dones para poder dar testimonio de nuestra fe. La gran tentación con la que tenemos que luchar es quedarnos parados mirando al cielo -¿qué hacéis ahí plantados?- viviendo una fe desencarnada de la vida[3].

Es significativo que espontáneamente y con mayor frecuencia la gente pide que la Iglesia se implique más en los problemas de la sociedad. La Iglesia somos todos los cristianos, por eso es que todos tenemos que implicarnos más en la defensa de la dignidad del ser humano, de la vida, de la paz, de la justicia. ¿Cómo vivo yo el mandamiento del Señor de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía, la misión que recibo cada domingo?

Y para poder ascender hay que descender primero. Descender al fondo de nosotros mismos con una seria introspección personal y un serio examen de conciencia, al tiempo que acogemos al hermano. Así lo hizo el Señor, y ejemplos sobran en el Evangelio.

Que no se nos olvide: el camino del cristiano tiene que ser igual que el camino de Cristo. Primero estar al lado de hermano que sufre, del hermano que pasa dificultades, del hermano solo y abandonado. Sólo así podrá ascender.

La cruz por sí misma es muy elocuente: hay ella un brazo vertical que se eleva hacia el cielo, pero también tiene un brazo horizontal que mira a la tierra. Si queremos seguir el ejemplo del Señor y ascender con él hemos de asumir la cruz, pero con los dos brazos, mirando al hermano y acogiéndonos a la gracia y al amor que Dios nos brinda ■




[1] Cfr Jn. 15, 26-27.
[2] Cfr Mc 8, 33.
[3] Cfr Hch 1, 11. 
Ilustración: Eduardo Chillida, El buen ladrón (1994), serigrafía con relieve (47 x 40 cm), galería Lorenza Ruiz de Villa (Barcelona).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris