Sábado Santo


Cuando José de Arimatea llegó con el permiso para desclavar a Jesús y enterrarle, debían ser las cuatro ya media de la tarde. Tenían que darse prisa si querían bajar a Jesús antes de que se pusiera el sol[1]. Paradójicamente iban a ser dos extraños quienes llevaron a cabo lo principal en ésta tarea. Pedro, Andrés, y todos los que la víspera anterior había discutido largamente quién de ellos quería más a Jesús, estaban ahora lejos. Iba a ser un saduceo –José de Arimatea y un fariseo –Nicodemo- quienes se encargaran de desclavarle y embalsamarle. José de Arimatea había traído consigo nada menos que cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Le gustaba hacer las cosas bien, a lo grande, con magnanimidad[2]. Juan sentía una cierta vergüenza al ver que, del grupo de los doce, sólo estaba él. Recordó las palabras del Maestro que habló un día de que al herir al pastor se dispersarían las ovejas[3].

La tarea de desclavar a quien había sido crucificado era difícil y delicada. Tenía que hacerse lentamente si se quería tratar con cuidado el cadáver. Y el pequeño grupo de los amigos de Jesús se movía en torno a él muy despacio, con una profunda delicadeza, como si el Señor estuviera dormido y pudiera despertarse.

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana
en el tálamo nupcial
el Rey descansa
Muertos de negros sepulcros,
Venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda
Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara[4]

Comenzaron por quitarle los clavos de los pies, y tras hacerlo, las dos piernas cayeron de golpe y oscilaron un momento. Tocaban sus heridas con vendas, como acariciándole. Vino luego la tarea de desencajar el travesaño horizontal con Jesús aún clavado. Cuidadosamente lo sacaron de la muesca y descendieron cuerpo y travesaño que parecían horriblemente pesados. Ya en el suelo, sacaron los clavos de las manos y todo el cuerpo reposó sobre la roca. Probablemente hubo alguna dificultad en adosar los brazos al cuerpo: los músculos estaban ya endurecidos después de tres horas en posición horizontal. Y, además, la rigidez comenzaba a manifestarse.

Posiblemente Juan trató de mantener alejada a la Virgen, pero, cuando el cuerpo estuvo ya en tierra, no pudo impedir que ella corriera hacia él. Se sentó en el suelo junto a su cabeza y comenzó a limpiar su rostro mientras José de Arimatea y Nicodemo lavaban su cuerpo ensangrentado con esponjas. Aquel cuerpo era ya una pobre cosa desvalida, que se dejaba manejar y voltear mientras lo lavaban. Parecía imposible que fuera el mismo cuerpo del Maestro a quien tanto habían amado. Presionaron en sus párpados para cerrar sus ojos y en ese momento tuvieron la impresión de que el mundo acabara de oscurecerse. Nadie hablaba, nadie lloraba ya. Su ternura era aún más grande que su tristeza. Limpiaban sus miembros como si fueran los de un niño. Les parecía soñar. Dentro de ellos algo les decía que el Maestro iba a despertarse de un momento a otro.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.
Salve, cuerpo cobijado
Bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu
nustra morada. Amen[5].

Cuando le hubieron lavado, lo colocaron sobre una sábana fuerte con la que le envolvieron. Luego, los tres varones cargaron con el cuerpo y caminaron, seguidos por las mujeres, los cuarenta metros que les separaba del sepulcro.

Cuando llegaron ante la roca en que se abría el sepulcro, se detuvieron de nuevo y dejaron piadosamente el cuerpo sobre la hierba del jardín. Comenzaron entonces el rito de la unción. Frotaban fuertemente cada parte de su cuerpo con los perfumes traídos por José de Arimatea. Ayudarían –pensaban- a retrasar la corrupción de aquel cuerpo que tanto querían. Su cabeza estaba demasiado cansada para pensar que pudiera ocurrir cualquier otra cosa.

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey esta durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos[6]

[1] Cfr Lc 15, 42.
[2] Cfr Jn 19, 39.
[3] Id., 10, 11.
[4] Himno del Oficio de Laudes del Sábado Santo, Liturgia de las Horas, tomo II.
[5] Idem.
[6] De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado, PG 43, 439. 451. 462-463.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris