De lo hondo de mi pecho
te he llamado, Señor, con mil gemidos;
estoy en grande estrecho,
no cierres tus oídos
a mis llantos y tristes alaridos
Si mirares pecados,
delante Ti, Señor, la luz no es clara;
presentes y pasados
la justicia más rara
no osará levantar a Ti su cara.
Mas no eres rigoroso;
a un lado está, por do nació indulgencia,
Tú en medio vas sabroso
a pronunciar sentencia,
vestido de justicia y de clemencia.
Y ansí los pecadores
teniendo en Ti, su Dios, tal esperanza,
te temen y dan loores,
que a tu justa balanza
saben que está vecina confianza.
Yo, Señor, en Ti espero,
y esperando le digo al alma mía
que más esperar quiero;
y espero todavía,
que es tu ley responder al que confía.
No espera a la mañana
la guarda de la noche desvelada;
ni ansí con tanta gana
desea luz dorada,
cuanto mi alma ser de Ti amparada.
En tal Señor espera,
Israel, que en sus altas moradas
la piedad es primera;
las lucientes entradas
tienen mil redenciones rodeadas.
De aquéllas vendrá alguna
a Israel libertad, ya yo la veo;
a tu buena fortuna
del mal que estabas feo
sanarás todavía tu deseo ■
Salmo CXXIX, De profundis,
traducción (libre) de Fray Luis de León (s. XVI).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris