IV Domingo de Adviento


UNA MIRADA LARGA Y AMOROSA A LO REAL

(I)

Tessa Bielecki*
Deseo hablar de la oración cristiana no tanto en términos generales, sino como algo íntimamente personal. Es difícil ser lo suficientemente vulnerable para compartir lo que hay de más profundo en la vida de uno; no es fácil desnudar el alma propia. Pero sería aún más desdichada si dejara de compartir con vosotros al menos algo de mi práctica cristiana. Obviamente, la oración alcanza aquí un punto en el que se vuelve inefable, por lo que no se puede hablar de ella; pero yo debo limitarme a hacer lo que está en mi mano y llegar hasta donde me lo permitan las palabras.

Una de las definiciones más sencillas de oración cristiana que conozco se debe a san Juan Damasceno, el cual decía que orar es elevar la mente y el corazón a Dios. Otra definición maravillosa proviene de Teresa de Jesús, la cual afirmaba que la oración es "conversar de corazón a corazón con Dios, que sabemos nos ama". El término conversación puede llamar a engaño aquí; cabría pensar que la oración es sólo cuestión de hablar mucho, y no es el caso. Así como la conversación humana comprende períodos de escucha además de hablar, lo mismo ocurre en la oración que tiene como fondo la espiritualidad carmelita. Personalmente, a veces prefiero usar la palabra comunión: comunión con el Dios que sabemos nos ama.

La oración se describe a veces también como "un grito del corazón". Por supuesto, el corazón puede gritar de muy diferentes maneras. En la tradición católica, la oración comienza de ordinario con una exclamación verbal deliberada. A ese estadio le llamamos meditación. Nos servimos de un tipo de ejercicio o método para serenar la mente y centralizar la personalidad. Es como levantar los andamios para preparar la edificación. Luego pasamos a la contemplación, que es una etapa más pasiva y receptiva. Naturalmente, no me refiero a un tipo indolente de pasividad, como si estuviéramos esperando que pasara por encima una apisonadora. En mi comunidad usamos la expresión "pasividad sensata". Es un estado de alerta, vivo y muy despierto, como el gato pronto a saltar o un ejército dispuesto a atacar. Este aspecto contemplativo que luego se desarrolla se describe a veces como una conciencia amorosa y experiencial de Dios. O podríamos decir más fácilmente: una conciencia experiencial amorosa. En su Noche Oscura, Juan de la Cruz describe la oración contemplativa así:

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobe el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Otras descripciones incluyen: "Verlo todo sobre el fondo de la eternidad", y "un ensanchamiento del corazón". A mí me gusta especialmente está última, pues cuando oigo a los budistas hablar de su práctica, parece que tienen mucho que decir sobre la mente, y yo echo de menos oír hablar del corazón. Sé por los budistas que conozco que el corazón tiene su puesto allí, pero no oigo hablar de él mucho. Mi definición favorita de la contemplación es "una mirada larga y amorosa a lo real". Como estamos describiendo una experiencia tan enormemente densa, es importante cada una de estas ideas; larga, amorosa, mirada.

El momento contemplativo es largo; por tanto, no es un momento fugaz, sino que incluye interpretación de largo alcance; es amorosa, porque es participación en el misterio de todas las cosas, y es una mirada, porque incluye una apreciación de todo lo que es real.

Si restringiéramos nuestra oración totalmente a la meditación, al menos en la tradición carmelita, nuestra vida de oración resultaría terriblemente raquítica. De hecho, según avanzamos y crecemos más íntimamente en la unión con Cristo, dejamos de necesitar absolutamente el paso preliminar de la meditación. Juan de la Cruz nos enseña en la Subida al Monte Carmelo a discernir si ha llegado ya el tiempo de dejar de meditar y pasar a la contemplación, o si simplemente somos perezosos y no nos molestamos más en meditar. Describe también la necesidad de prescindir de la meditación cuando es el momento de hacerlo. Su instrucción reza: "Si encuentras la naranja pelada, cómela". No tienes que volver a pelarla. Es lamentable que el cristianismo tenga reputación de estar orientado a la palabra y la acción, pues la contemplación ocupa realmente el centro de la tradición. Aunque ha existido la tendencia a dejar en la penumbra a la tradición mística, en aras de otros elementos tales como el saber, la acción social y la meditación discursiva, para el católico sigue siendo entrañable la contemplación u oración no verbal.

* Tessa nació en el seno de una familia polaca de Connecticut. Como muchas jóvenes, creció leyendo revistas de belleza, coleccionando recortes de estrellas de cine y dando por supuesto que se casaría y criaría hijos. Durante los dos primeros años de universidad Tessa asistió a un retiro para estudiantes dirigido por el padre William McNamara. Después de terminar sus estudios y trabajar durante un año, se unió al padre McNamara y al Instituto de vida espiritual, situado entonces en el desierto de Arizona, a la edad de veintidós años. Desde entonces su vida ha estado dedicada a edificar y sostener la comunidad carmelita que se ha desarrollado allí. Actualmente ocupa el cargo de abadesa, y deja la vida eremítica varias veces al año para participar en retiros contemplativos y conferencias.

Ilustración: Jan van Eyck, Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa (detale), 1434, óleo sobre madera, National Gallery (London).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris