Santa Maria Madre de Dios

Los ejemplos y las analogías[1] son siempre útiles para comprender las cosas que van sucediendo, y para acercarnos a los misterios de nuestra fe cristiana y comprenderlos un poco más[2].

Cuentan la historia de un hombre que creía que la Navidad era, como muchas otras cosas en la vida, una simple farsa.

Este hombre no era una mala persona. Era un tipo bueno, trabajador, generoso con su mujer y sus cuatro hijos. Sin embargo hacia mucho tiempo que había dejado de practicar su fe porque, sencillamente, no creía en la Encarnación de Jesús en el seno de la Virgen María, uno de los misterios centrales del cristianismo. “Siento apenarte, -le dijo él un día a su esposa que era una católica comprometida, pero no puedo entender cómo es que Dios se hizo hombre. Para mí, no tiene ningún sentido”.

El primer día del año su esposa y sus niños fueron a la parroquia para asistir a Misa. El esposo no quiso acompañarles “si no creo en eso, es mejor que me quede en casa. Aquí los espero” -dijo.
Luego de que su familia se fue, empezó a caer una fuerte tormenta de nieve. Se acercó a la ventana y vio como los copos caían con más fuerza sobre el suelo.

Se preparó un café, se sentó en su sillón, tomo el periódico y empezó tranquilamente a leer. Tras unos minutos escuchó un molesto ruido en la ventana, [ruido] que crecía cada vez más. El hombre pensó que alguien estaría tirando bolas de nieve muy cerca de la ventana. Cuando fue a la puerta para averiguar qué pasaba, encontró que una banda de pájaros se había colocado en medio de la nieve. Los pájaros habían sido sorprendidos inesperadamente por la tormenta y, buscando algún refugio, intentaban ingresar a la casa por la ventana, golpeándose contra el cristal de la ventana.

“No puedo permitir que esas criaturas se queden ahí toda la noche en medio de la nieve y el frío –pensó- pero ¿cómo puedo ayudarlos?”

Entonces se acordó del granero donde se guardaban los caballos. Ese sitio podría proporcionar calor a las aves. Se puso la chamarra y los guantes y rápidamente se dirigió al granero. Abrió las puertas y encendió la luz, pero los pájaros no entraron.

“Seguro que la comida los atraerá”, pensó de nuevo. Regresó a su casa, buscó pan y lo esparció sobre la nieve formando un camino hasta al granero. Pero las aves tampoco ingresaron al granero. Por el contrario, permanecieron quietas, sin hacer el menor movimiento.

El hombre ya desesperado, empezó a agitar sus brazos en dirección al granero, haciendo señas para que entraran a él, pero los pájaros no hicieron caso a sus señas.

“Ellos me ven como una criatura extraña, se dijo a sí mismo. No hay manera de que confíen en mí. Si pudiera ser pájaro por algunos minutos, podría entonces guiarlos hasta el granero y salvarlos”. Tan pronto finalizó esas palabras, las campanas empezaron a sonar. Aquel hombre permaneció en un profundo silencio durante unos momentos mientras escuchaba las campanas de la parroquia que repicaban una y otra vez anunciando la alegría de la Encarnación de Jesucristo en el seno de María.

Entonces, el hombre cayó de rodillas sobre la nieve y susurró. “Ahora entiendo, Jesús porque tuviste que hacerlo; entiendo por qué te hiciste hombre como nosotros”.

Hace muchos siglos Nestorio, obispo de Constantinopla alrededor del año 430 mantenía una actitud similar a la de aquel hombre: afirmaba que María no era Madre de Dios.

Se reunieron entonces la mayor parte de los obispos de aquella época en Éfeso –la ciudad donde la tradición nos dice que la Santísima Virgen pasó sus últimos años acompañada por San Juan– e iluminados por el Espíritu Santo declararon que La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios[3], y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Con ésta solemnidad litúrgica la Iglesia nos invita a contemplar detenidamente a la Virgen Santísima como Madre de Dios; y que pongamos bajo su protección todo lo que sucederá a lo largo del año que comienza hoy: familia, trabajo, relaciones con Dios y con los demás; salud, enfermedad, alegrías, tristezas: todo. Y que la invoquemos constantemente como Reina de la Paz[4], pidiéndole que pacifique el corazón de cada uno de los que formamos parte de la condición humana, condición que libre y amorosamente quiso compartir Jesucristo su Hijo, y es que en la Encarnación se ha manifestado la misma Vida en persona, para que, al hacerse visible, ella que sólo podía ser contemplada con los ojos del corazón, sanara los corazones (...) por eso la Palabra se hizo carne, que puede ser vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la Palabra[5]

[1] El Diccionario de la Real Academia define el término analogía como relación de semejanza entre cosas distintas. Sobre el tema de la analogía han corrido ríos de tinta. Especialmente interesante es lo que escribe el teólogo calvinista Kart Barth (1886-1968). Preocupado por la absoluta trascendencia de Dios, que consideraba como lo «radicalmente Otro» (Ganz Andere) respecto a la criatura, Barth niega la posibilidad (analógica) de colocar al Ser divino y al ser creado bajo un común denominador de cualquier clase, y de establecer correspondencia entre ambos. La analogía de la teología cristiana es consideraba por Barth como analogía entis, a la que él contrapone la analogía fidei, que supondría un conocimiento de Dios que no se basa en las fuerzas de la razón sino en la gracia de Dios. Dice Barth: «A la cuestión de si llegamos a conocer a Dios por medio de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje, respondemos que no podemos llegar, o, más bien, que llegamos en la medida en que Dios mismo, por la gracia de su revelación, se abaja hasta nosotros y condesciende a servirse de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje, en virtud del poder que tiene de perdonar, curar, restaurar, y bendecir (Cfr Dogmatique, II/I, La Doctrine du Dieu, Gèneve, 1956, 226 s; H. BOUILLARD, Kart Barth, Paris, 1957, vol. III, 190-217.
[2] La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer fiesta mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración comenzó en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo Santa María Antigua en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma. Más adelante, el rito romano celebraba el 1º de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión del Niño Jesús. Tras desaparecer la antigua fiesta mariana, en 1931, el Papa Pío XI, con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario –luego del Concilio Vaticano II– se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.
[3] La cuestión es compleja desde el punto de vista de la historiografía, sin embargo los teólogos y el magisterio posterior siempre han recurrido a la formulación de Efeso para afirmar que María es Madre de Dios. En éste Concilio (Efeso, a. 431), que es eminentemente cristológico y sólo indirectamente mariológico, se define dogmáticamente a María como la Theotokos y, a la vez, se muestra la inseparabilidad y la íntima conexión entre los misterios de la encarnación y la maternidad divina. Recientemente se ha llegado a un entendimiento entre los católicos y los nestorianos al firmarse la Declaración cristológica común entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente, L’Osservatore Romano, 12.XI.1994. Cfr. Ecclesia, 3.XII.1994, pp. 34-35.
[4] Se celebra también la Jornada Mundial de oración por la paz.
[5] S. Agustín, Exposición de la Epístola de San Juan a los Partos.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris