Desatan las olas su cresta de espuma
y acolcha con ella la brisa en la cuna
un blando y florido edredòn a Jesús.

Desliza risueña su rostro la luna
y espera el aliento del buey y la mula
en cop de seda y capullo de tul.

Diluye el perfil de José la penumbra
y sólo sus ojos, ¡en llamas!, relumbran
al ver a una Virgen al Sol dar a luz.

El Dios de los cielos nació criatura
y en siervo cambió su divina figura:
pastores y magos lo adoran con fe.

Su madre, Maria, en los brazos lo arrulla
y da de sus pechos humana pastura
al que es el Cordero y Pastor de Israel

Vayamos nosotros también a la gruta
-los ojos abiertos y el alma desnuda-
y un beso ofrezcamos al Niño Emmanuel.

Que no hay en la tierra más grata ventura
ni don más excelso ni gloria más pura
que vernos mirados por Cristo, el gran Rey.
Amen.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris